REPORTAJES

HISTORIA

Mujeres con sal en las venas

La autora repasa algunos de los nombres más destacados de mujeres que fueron pioneras en el mar, desde las famosas piratas Anne Bonny y Mary Read hasta las regatistas oceánicas españolas Anna Corbella y Támara Echegoyen.
EMPAR ISABEL BOSCH

En todas las antiguas familias marineras,  los verbos de los hombres del mar están ligados a la acción y, sin embargo, los de las mujeres del mar al silencio, a la soledad y a la espera.  Hasta donde la Historia se remonta, tradicionalmente, los hombres han salido al mar a descubrir, explorar y faenar en las artes de la pesca y la navegación pero las mujeres, no.  Aunque hubieran querido, las mujeres  no pudieron,  porque la cultura imperante las varaba en la costa como ballenas heridas.



Nunca sabremos cuántas mujeres se han hecho a la mar vestidas de hombre a lo largo de la Historia  porque los únicos casos documentados son los de las mujeres cuyo verdadero sexo fue descubierto.  Decía el historiador británico David Cordingly,  una autoridad en materia de historia marítima,  que «lo más sorprendente de las mujeres marineras  es cómo pudieron engañar a los hombres de abordo durante semanas, meses y, a veces, incluso durante varios años».



PIRATAS. Mujeres piratas las hubo, las andanzas de dos de ellas, Anne Bonny y Mary Read, están documentadas por el capitán Charles Johnson en la General History of the Robberiers and Murders of the Most Notorius Pyrates (1724). Lo más curioso de su historia es quizás que ambas mujeres llegaran a conocerse e incluso que acabaran en el mismo barco pirata, fueran detenidas y juzgadas al mismo tiempo y ambas se salvaron de la pena de muerte  a la que fueron condenadas  por la misma razón. La transcripción del juicio publicada en 1721 por Robert Baldwin en Jamaica con el título The Tryals of Captain John Rackman, and Other Pirates, decía así:



«Las prisioneras informaron al tribunal de que ambas estaban esperando un bebé  y suplicaron que se retrasara la ejecución de la condena. Por tanto, el tribunal ordenó que se aplazara la ejecución de dicha condena y que se sometiera a las acusadas a una revisión médica».



Efectivamente, ambas mujeres estaban embarazadas y, por tanto, se libraron de la pena de muerte.  Mary Read, sin embargo, contrajo unas fiebres después del juicio y falleció en prisión. Del destino de Anne Bonny no hay documentos fiables aunque algunas fuentes señalan que falleció en Carolina del Sur a los 82 años.



VIAJERAS. Aunque los viajes por mar fueron una práctica fundamentalmente masculina,  hay constancia de  viajes de mujeres. Uno de los periplos  femeninos más interesantes de la Antigüedad es el de Egeria que vivió en el siglo  IV y realizó un largo viaje desde su tierra natal, Gallaecia,  la actual Galicia, hasta Tierra Santa.  El Itinerario de Egeria, descubierto en el siglo XIX,  está considerado el principal documento geotopográfico de su tiempo de Palestina, Mesopotamia y Egipto.  Egeria escribió:



«Al día siguiente, atravesando el mar, llegué a Constantinopla, dando gracias a Cristo nuestro Dios, que a mí, indigna y sin merecerlo se ha dignado concederme gracias tan grande: no solo la voluntad de ir, sino la posibilidad de recorrer los lugares que deseaba y volver de nuevo a Constantinopla (…)  Si después de esto aún estaré viva, y si además podré conocer otros lugares, lo referiré a vuestra caridad; o yo misma presente, si Dios se digna concedérmelo, o ciertamente os lo comunicaré por escrito, si otra cosa me viene al espíritu».



EN LA ARMADA. En 1595, Isabel Barreto, asumió el mando de la expedición que había partido de Perú en busca de las Islas Salomón. Fue la primera almirante de la Marina española.  Pedro Fernández de Quirós, piloto y cronista de la travesía, escribió de ella: «De carácter varonil, autoritarita, indómita,  impondrá su voluntad despótica a todos cuantos están bajo su mando, sobre todo, en el peligroso viaje hacia Manila».



La escritora estadounidense Suzzanne Stark ha investigado los relatos de veinte mujeres que, supuestamente, sirvieron en la Armada británica entre 1650 y 1815. Las mujeres más famosas, según la prensa de esa época, fueron Hannah Snell y Mary Annn Talbot pero, según ha podido documentar Stark  a través de los registros de revista de los barcos o los diarios de los capitanes, la carrera naval más impresionante fue la de William Brown, una mujer negra que, al menos, pasó 12 años en buques de guerra británicos y, la mayor parte del tiempo, como capitán de cofa.  Los capitanes de cofa tenían que tener mucha fuerza y un especial talento puesto que su labor consistía en subir por los palos para enrollar o extender las gavias y los juanetes, las velas más altas.  En 1816 Brown fue ascendida a capitán del castillo de proa y no se tienen datos sobre los años posteriores de su carrera porque los libros de registros desaparecieron.



La primera mujer infante de Marina de España fue Ana María de Soto, quien para alistarse  tuvo que fingirse varón.  Ingresó como Antonio María de Soto en el Undécimo Batallón de la Sexta Compañía a los 16 años y está documentado que en 1794 entró en combate por primera vez en la defensa de Rosas a bordo de La Mercedes, una fragata dotada con 34 cañones, según viene recogido en el capítulo El sargento Soto escrito en 1898 por el coronel de Infantería de Marina,  Félix Salomón. El batallón de Marina en el que militó Soto durante más de cinco años reforzaba las dotaciones de la marinería de leva y participó en numerosas contiendas, entre otras, en la batalla del Cabo San Vicente.



Un reconocimiento médico a causa de unas fiebres desveló su condición de mujer, por lo que fue desembarcada a la espera de castigo. Sin embargo, Carlos IV le otorgó por decreto real el rango de sargento mayor y una pensión vitalicia de 2 reales diarios en reconocimiento a su coraje y, aunque fue obligada a abandonar su carrera como militar,  fue expresamente autorizada a emplear los colores de los batallones de marina y las divisas de sargento en sus ropas de mujer por su «heroicidad, acrisolada conducta y singulares costumbres», a petición del comandante general de la Escuadra del Océano, José de Mazarredo



En la actual Armada española, la gaditana Esther Yáñez fue la primera mujer que, en septiembre del 2005, asumió el mando de un buque de guerra, el Laya. En su momento, dijo que su vocación procedía de la tradición familiar pero que su familia puso el grito en el cielo cuando anunció que quería emprender la carrera militar porque,  hasta hace pocos años, ese era un camino que abordaban los hombres y que las mujeres todavía no habían intentado.



FARERAS. La primera mujer de la que se tiene constancia que recibió un nombramiento oficial como farera fue la estadounidense Hannah Thomas en 1790. Ejerció su trabajo en Plymouth (Massachussets),  el municipio más antiguo de Nueva Inglaterra, donde se asentaron los padres peregrinos del Mayflower, considerados por la historiografía tradicional norteamericana como los fundadores de los actuales Estados Unidos.



En España, la primera farera fue Margarita Frontera, destinada  en 1969,  junto con su marido,  a la cadena DECCA  de sistemas hiperbólicos de radionavegación  del Noroeste.  La secundó Cristina Fernández, jubilada en el pasado mes de julio,  una de las tres mujeres que en 1972 osó presentarse como candidata a las primeras oposiciones en España a  las que tuvieron acceso las mujeres que querían ser fareras. Fue destinada al faro de cabo Vilán (Camariñas), en la Costa da Morte,  donde ha ejercido durante 45 años.  De su experiencia profesional cuenta que en un temporal de 2014 el faro resistió el envite de una ola de casi 28 metros con ella dentro. De su vida en el faro contaba a El País: «Aquí se juntan la tormenta, el viento y el mar. El mar es mi amor. Si abro una ventana, está el mar; si abro otra, está el mar».  Ha sido la última farera de España y cuando obtuvo la plaza su padre la llamó loca y la acusó de quitarles el trabajo a los hombres. Cuenta que ha arrastrado las cunas de sus hijos de un lado al otro, para ponerlas a salvo del agua y que, a veces, ha pensado que el mar iba a entrar por la ventana.  Su marido, también fue farero.



NAVEGANTES. La tradición oral maorí cuenta que la exploradora Ui-te-rangiora fue la primera en alcanzar las aguas antárticas, en el siglo VII.  Louise Seguin fue la primera mujer occidental en navegarlas a bordo del Roland en 1770. Jean Baret fue la primera mujer en circunnavegar el mundo en 1776 y Ane Davidson fue la primera mujer que atravesó el Atlántico en solitario en 1952.



Anna Corbella ha sido la primera navegante española en dar la vuelta al mundo a vela  sin escalas y sin asistencia (2013) y Tamara Echegoyen ha sido  la primera regatista española que disputa, en la actualidad,  la Volvo Ocean Race, la Vuelta al Mundo por equipos  que,  en esta edición,  recorre la ruta más larga de su historia, 45.000 millas náuticas (83.400 kms) en once etapas y doce países.



ÁLBUM DE FAMILIA. Las mujeres, tradicionalmente,  han amado el mar desde su contorno; las olas, desde la orilla; los peces, desde el fogón y algunas, extraordinarias, han desafiado la prelacía del hogar y han afrontado el reto de su propio océano.  Algunas arriesgarían más que sus vidas y esas que no desistieron, de las que tenemos noticias y de las que no, abrieron la ruta a las que vinimos después.



La memoria de los nombres de mi familia también está ligada a las historias de la mar, historias de sal que acunaban los sueños de nuestra infancia, historias de oleaje y acantilados,  de delfines que parecían llorar en alta mar.   Durante años el abuelo materno nos entretuvo con historias marineras que la abuela concluía con un dicho popular: «La mar fa forat i tapa».



En mi familia materna, radicada en el palmesano barrio de pescadores de Santa Catalina,  los hombres han salido a la mar desde que la memoria generacional recuerda y en esa misma memoria están todas las mujeres que nunca salieron aunque heredaron, igual que los hombres, la mar en las  venas.



Nunca sabremos de nuestras familias, cuántas mujeres quisieron salir a la mar y no pudieron, cuántas quisieron vestirse de varón para experimentar su propia mar pero,  sin duda alguna,  hubo y hay muchas mujeres  que llevan toda la sal y las ansias de mar en las venas.