REPORTAJES

CONTAMINACIÓN

Un día cualquiera en el emisario de Ciudad Jardín

Gaceta Náutica se sumerge en apnea para grabar los vertidos de una de las 124 tuberías submarinas de Baleares. Una enorme columna de aguas grises, plásticos y otros residuos en suspensión asciende hasta la superficie y enturbia el agua en un radio de 200 metros. El hedor en la zona es insoportable
Texto: JOSÉ LUIS MIRÓ / Foto: EMILIANO GARCÍA

Cuando el pasado mes de febrero publicamos en Gaceta Náutica los datos que demuestran el gigantesco impacto medioambiental de los vertidos de aguas residuales en Baleares, nos dimos cuenta de que mucha gente desconocía no sólo que una parte de estas aguas está deficientemente depurada, sino incluso que su destino es siempre el mar, ya sea a través de torrentes o de emisarios submarinos gestionados en el archipiélago por el Govern balear y varios municipios.

En efecto, todo lo que va al desagüe termina en el mar tras haber recorrido la red de alcantarillado y haber pasado por las diferentes depuradoras que, en teoría, descontaminan el agua para su reutilización en la limpieza de calles y el riego de jardines o campos de golf, y en el caso de que ello no sea posible, para al menos minimizar el impacto de su vertido.

Según demostró Gaceta Náutica con datos oficiales, los 124 emisarios de Baleares vierten enormes cantidades de agua cuyo nivel de saneamiento deja mucho que desear. No es algo nuevo, ni que concierna exclusivamente al Ejecutivo actual –que se declara especialmente comprometido con el medio ambiente–, pero sí es un tema que los sucesivos gobiernos autonómicos han mantenido fuera del debate público.

Tras la publicación del reportaje, y la reacción de algunas diputadas exigiendo explicaciones en el Parlament, el Govern optó por desviar la atención hacia el Gobierno central, al que responsabilizó de no haber invertido lo prometido en el saneamiento de aguas en Baleares. El Ministerio de Medio Ambiente contestó que el dinero había sido transferido y no asumió la culpa de que se le haya dado otro destino. En definitiva, la discusión política se convirtió en un cruce de reproches que no llevaba a ninguna parte, mientras los emisarios seguían (y siguen) lanzando millones de litros de aguas grises al mar.

Al ver que el asunto podía enquistarse en la verborrea política, y ante el temor de que la denuncia cayera en el olvido, decidimos mantener viva la historia e ir en busca de la imagen. Habíamos aportado los datos, pero nos faltaba mojarnos, desplazarnos al centro de la noticia. Así fue cómo el pasado 12 de abril, una pareja de buceadores voluntarios (Emiliano García y María Arcos) y el periodista Juan Poyatos, coordinador de la edición alemana de Gaceta Náutica, se sumergieron en apnea en la desembocadura del emisario situado frente a Ciudad Jardín, en la Bahía de Palma, para grabar lo que ocurre allí abajo, a unos 15 metros de profundidad, un día cualquiera.

Y lo que ocurre, como se aprecia en el vídeo disponible en Gaceta Náutica TV, es que una tubería «del grosor de un barco» lanza a presión un líquido espeso y marrón cuyo hedor (el típico de las depuradoras o los restos acumulados en las tuberías) es perceptible en un kilómetro a la redonda. El extremo de este emisario se halla situado a algo más de 1.000 metros de la costa, dentro del rango legal que exige la Orden de 13 de julio de 1993 que regula estas infraestructuras.

Desde la superficie es perfectamente visible el punto del vertido, ya que se forma una especie de burbuja donde las aguas están ligeramente calmadas y «algo más calientes». La sonda con la que va equipada la embarcación Yoda, a bordo de la cual nos trasladamos hasta el emisario, indica también la posición exacta de la boca del cañón: un banco de pequeños peces (tutes, esparrais y variadas), se dan un festín con los restos que el emisario arroja al mar.

Contra lo que cabía esperar, la visibilidad es razonablemente buena una vez que se desciende por debajo de los cuatro metros. Hasta esa profundidad, explica Emiliano García, «no se ve nada». La suciedad asciende hacia la superficie y allí se va expandiendo, creando una densa capa de restos pulverizados cuya composición no se puede determinar, pero que incluyen «bastantes fragmentos de papel y plásticos», según revela la fotógrafa submarina María Arcos. Esa franja turbia ocupa un diámetro de al menos 200 metros.

El conducto del emisario está colonizado por los mismos parásitos que las obras vivas de los barcos y en varios puntos cercanos a su desembocadura, donde tiene lugar la inmersión, se aprecian lo que parecen ser pequeñas fugas, aunque la simetría de los agujeros no hace descartable que se trate de aliviaderos. El caudal del vertido es constante, si bien en algunos momentos se producen «bocanadas» más opacas de lo habitual. El fondo que rodea la tubería es un desierto de arena y fangos. «Excepto los peces que se concentran en el extremo del emisario, todo lo demás parece estar muerto. No es un sitio precisamente agradable», señala Emiliano, mientras Juan Poyatos se apresura a darse una ducha sobre la plataforma de baño del Yoda y se queja de que el sabor que la inmersión le ha dejado en la boca es «horrible».

A las 11,30 de la mañana, una ligera brisa del suroeste comienza a rizar suavemente las aguas de la Bahía. Es el Embat, el viento térmico típico de Mallorca que sopla desde el mar en dirección a tierra. Pequeños plásticos procedentes del emisario que han quedado flotando en la superficie inician su viaje de regreso a la costa con el resto de partículas en suspensión. Es probable que el olor de los vertidos se deje notar hoy, como tantas veces, en Ciudad Jardín.