REPORTAJES

 

Cañabota, el último gran tiburón

Cada año aparecen varios cadáveres de este depredador de los fondos abisales que ha sobrevivido 400 millones de años y que, sin embargo, no puede hacer nada contra las redes de los arrastreros.
JUAN POYATOS

Dicen los más viejos del lugar que desde el espigón del Portixol se veían pasar tiburones martillo a muy pocos metros de la orilla. Los pescadores artesanales del Molinar aseguran que sus padres, también pescadores, les contaban que era muy frecuente ver tintoreras y marrajos en la bahía de Palma a principios del Siglo XX. Uno de los sitios donde era muy fácil ver tintoreras era la zona de Cap Enderrocat, sobre todo al llegar el otoño y acercarse las rayas a reproducirse en sus fondos de arena; entonces aparecían decenas de tintoreras que pasaban allí meses.



Las musolas, pequeños tiburones de fondo, se pescaban con enorme facilidad hasta hace pocos años. Ahora casi ya no hay. De los tiburones blancos se sabe que frecuentaban las islas desde siempre, alimentándose de focas, muy numerosas en Baleares hasta que en los años cincuenta se acabó con la última en la zona de Andratx. Los pescadores las mataban para que no les hicieran competencia.



El último gran tiburón que queda en estas aguas, o quedaba, es el cañabota, como el aparecido el pasado 25 de diciembre en Es Molinar. El Hexanchus griseus, conocido popularmente como “durmiente”, puede medir cinco metros y pesar una tonelada, vive todo su ciclo vital en la misma zona y es sin ninguna duda el súper depredador de los fondos abisales.



En profundidades de entre 300 y 2.000 metros es el amo y señor de la oscuridad y el frío. Allí vivía ajeno totalmente a los hombres desde hace unos 400 millones de años. Desgraciadamente, los humanos ya llegan a esas profundidades. Los potentes motores instalados actualmente en los arrastreros, sus modernísimas sondas y sistemas de posicionamiento, les permiten hoy arrastrar a profundidades inimaginables hace apenas diez años.



Se arrastra ahora a más de 400 metros de profundidad, sin ningún problema. Hemos llegado a esos lugares en los que nunca antes habíamos pescado, sorprendiendo a los cañabotas en sus dominios. Esos enormes tiburones, los inofensivos cañabotas, o “durmientes”, están siendo eliminados del fondo abisal como fueron eliminadas las focas de la costa en los años cincuenta.



Protegemos a los escasos tigres siberianos, los leones de la sabana, los linces o los lobos, pero nadie ni nada protege al último gran tiburón del Mediterráneo. El cañabota desaparecerá por la acción del hombre, como han desaparecido los marrajos, las tintoreras, los grandes blancos del Mediterráneo, y las focas.



Me gustaría terminar este texto con una brillante sugerencia sobre cómo conservar el cañabota, pero nada se me ocurre. También podría concluir con una acusación a los pescadores o algún que otro culpable, pero yo mismo pongo gambas en la paella. Tristemente no hay culpables claros, tampoco soluciones brillantes o fáciles. Así es el mundo y así son las cosas. El mundo cambia y ya sólo vemos tiburones cuando aparecen muertos en una playa. Un día uno de esos grandes tiburones que aparecen muertos será el último de su especie, ocupará unas líneas en los periódicos y lo olvidaremos. Es triste, pero es la realidad de un mundo extraño que no comprendo y que gira y gira en torno al hombre, el mayor depredador que jamás ha existido en la tierra, y en el mar.  



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Juan Poyatos es periodista y autor de los libro Tiburones del Mar Balear y Bucear en Mallorca