Cuenta mi amigo Raúl, cubano, que fue el hallazgo en un viejo libro de arte de una estampa de La balsa de la Medusa lo que lo convenció de que debía abandonar la isla. «Fue como una visión», me dijo. «Tras unos minutos de contemplación, comprendí que esa balsa éramos nosotros, a la deriva, abandonados, listos para comernos los unos a los otros». El arte de verdad, el gran arte, envía mensajes privados al observador a poco que esté receptivo.
Han sido varias las notificaciones que Théodore Géricault (1791-1824) me ha cursado a través de esta obra a lo largo de los años. La niña que vio este cuadro por primera vez sintió espanto. La adolescente sucumbió a su tremendismo romántico, al embate de las olas y a la opresión de los cielos claustrofóbicos. Recién estrenada mi maternidad, mi atención se fijó en el anciano que cubre su cabeza con un paño rojo y que, con su mano, protege el cuerpo de su hijo de ser devorado por sus compañeros de infortunio. Años más tarde vi esperanza, reparé en el diminuto punto en el horizonte que consigue reavivar la fe de unos hombres más muertos que vivos. Hoy, a punto de debutar en el último tercio de mi existencia (si me atengo a la esperanza de vida media de una mujer en España), miro la obra y no veo más que negligencia, nepotismo y abandono.
El suceso que inspiró a Géricault es muy conocido: tres años antes, en 1816, la fragata Medusa, que cubría la ruta entre Francia y su entonces colonia Senegal, naufragó, tras una serie de maniobras absurdas, frente a las costas mauritanas. El capitán, los oficiales y los funcionarios se pusieron a salvo en los escasos botes disponibles y dejaron al resto del pasaje abandonado a su suerte. La tripulación y los pasajeros que no pudieron acceder a los botes construyeron a toda prisa una balsa endeble en la que agonizaron durante trece días. De las 149 personas que subieron a la balsa, sobrevivieron doce. La violencia que se vivió a bordo fue atroz. Hubo motines, asesinatos y canibalismo.
Pronto se supo que el capitán de la nave, Hugues Duroy de Chaumareys, llevaba veinte años sin navegar y que su único mérito conocido era la lealtad mostrada a Luis XVIII, que le recompensó con el cargo de capitán de fragata.
El inmenso lienzo que recuerda este suceso, de cinco metros de alto por siete metros de ancho, se ha convertido en la estrella del Museo del Louvre. Géricault, que entonces tenía 27 años, reformuló con él la pintura histórica. Proporciones magnas para una escena sin héroes, sin figuras mitológicas, sin guerreros victoriosos. Solo víctimas de la incompetencia.
Aun así, sigue siendo un cuadro clásico. Géricault respeta la estructura piramidal, pero con el acierto de levantarla sobre la base inestable del mar embravecido. Una observación atenta revela, en realidad, dos pirámides: la de la izquierda, que simboliza la muerte, y la de la derecha, la de la vida, cuyo vértice es el andrajo rojo que agita Jean Charles, el único superviviente africano. También el tratamiento de los cuerpos es clásico y remite a Miguel Ángel y Caravaggio, cuyas obras contempló Géricault en Italia. También son clásicos el tratamiento escenográfico del cielo o la iluminación teatral que entra en la escena por la esquina superior izquierda.
Pero lo más clásico, lo que permanece inamovible desde que los seres humanos comenzaron a organizarse en grupos, es la reiterada incompetencia de los que mandan. Porque si el capitán abandona el barco, si quien dirige lo público es rehén de los intereses privados, si quien debe velar por nosotros en la desgracia, llega tarde, mal o no llega, ¿con qué legitimidad gobierna?