Cuando Rafael Sanzio (1483-1520) pintó El triunfo de Galatea hacía diecinueve años justos que se había acabado la Edad Media, pero él no lo sabía. En realidad, nadie lo supo hasta finales del siglo XVII, cuando se popularizó la división convencional de la historia y se decidió que la Edad Media finalizaría el 12 de octubre de 1492, el día en que Colón llegó a América.
Esta rígida estructura temporal propició una tosca simplificación que asimilaba la Edad Media a la oscuridad y el Renacimiento a la luz. A eso hay que sumarle que ningún periodo de la historia del arte occidental ha sido más glorificado que el Renacimiento italiano, incluso por encima del arte clásico griego.
Pero dicho esto, es innegable que en la Italia de los siglos XV y XVI aconteció una revolución propiciada por una presencia inusual de genios por metro cuadrado, artistas conscientes de que estaban renovando el lenguaje artístico, enriqueciéndolo con todos los hallazgos de la geometría, la óptica y la anatomía e insuflándole vida y carácter.
Cuando Rafael llegó a Florencia tenía veintiún años. Cualquier otro joven pintor se hubiera desalentado al enfrentarse a un panorama artístico dominado por la rivalidad entre dos gigantes: Miguel Ángel, que entonces tenía treinta años, y Leonardo Da Vinci, con cincuenta y dos. Pero él no. Rafael tenía una sed insaciable de aprender y una extraordinaria capacidad de asimilación, lo que le permitió empaparse del arte de los otros y mejorarlo.
A los veinticinco años era ya un artista maduro capaz de codearse con los grandes. A este talento precoz se le sumaba una enorme ventaja: su carácter. A diferencia de esos genios huraños e individualistas, a Rafael lo quería todo el mundo. Era cortés, dulce, de corazón generoso y su fácil trato le granjeó el apoyo de los mecenas más influyentes de la época: los papas, los nobles y los banqueros.
El triunfo de Galatea fue su última gran obra y la más libre, exuberante y dinámica. La pintura refleja el momento en que Galatea, que surca el mar a bordo de una concha tirada por dos delfines, se gira al oír el canto de amor del torturado gigante Polifemo, que la desea. A su alrededor todo está en movimiento: los centauros, las náyades, los tritones y los amorcillos. Además, sopla el viento, que hace ondear los mantos, que agita las melenas.
Y, por si fuera poco, la escena se desarrolla sobre la superficie del mar, un mar idealizado y mitológico, de un verde refrescante como un elixir. Solo un genio de la composición como Rafael podía conseguir que este abigarramiento de figuras, que en el pincel de cualquier otro pintor hubiera podido convertirse en un caos, diera como resultado un prodigio de gracia y equilibrio.
La chistera de Rafael esconde todas las soluciones del gran arte. Cada figura parece comunicarse con otra y esa correspondencia dota de coherencia y sentido al conjunto. La luz es transparente. El colorido remite a la antigüedad clásica. Pero lo más admirable es el modo en que las líneas compositivas (los arcos y las flechas, las riendas de los delfines, las dos parejas de amantes y las dos deidades marinas que soplan caracolas en los márgenes) convergen en la figura de Galatea, que sostiene y equilibra la composición y le confiere una armonía perfecta.
Rafael murió a los 37 años, poco después de que el Papa León X le encargara la dirección de las obras de la nueva basílica de San Pedro del Vaticano. Miro los enormes frescos de las estancias papales, la belleza de sus madonnas, la hondura de sus retratos y me pregunto dónde hubiera llegado el arte de Rafael si hubiera vivido casi noventa años, como Miguel Ángel o incluso casi setenta, como Leonardo.