El fin del mundo nunca estuvo tan cerca como en el siglo X. Las profecías auguraban que, al cumplirse mil años del nacimiento del Hijo de Dios los cielos se abrirían, los muertos saldrían de sus tumbas y el juicio de Dios alcanzaría a todo ser viviente. Las señales eran inequívocas: malas cosechas, epidemias, saqueos. El terror milenarista subía como una marea ominosa a medida que se acercaba el año 1000.
Un monje español, Beato de Liébana, contribuyó en gran medida a fomentarlo al escribir unos comentarios al Apocalipsis de San Juan que se convirtieron en un best seller en los ambientes monacales, donde se copiaron una y otra vez. Hay que recordar que los conventos y monasterios suponían, en la Edad Media, auténticas islas de cultura y que los religiosos se atrincheraban tras sus muros en una Europa convulsa cuyas fronteras cambiaban cada día.
Cómo llegó una mujer a iluminar una de las copias más hermosas de los comentarios del Beato, no lo sabemos. Pero conocemos su nombre porque, en un gesto sumamente atípico, se encargó de dejar constancia de su autoría en las páginas del Beato de Gerona: «Ende pintrix et Dei adiutrix» («Ende, pintora y sierva de Dios». Con este audaz gesto, Ende se convirtió en la artista femenina más antigua documentada en Europa.
¿Era Ende una monja? ¿O quizás una dama de la nobleza? Lo ignoramos, el único hecho cierto es que trabajó en el entorno del monasterio de Tábara, en el Reino de León, y que fue una maravillosa ilustradora. La imagino en su scriptorium. Le da vueltas a la idea del Arca de Noé. Imagina la nave como un sólido refugio que flota sobre el mundo sumergido. Solo aquellos que corran a cobijarse en la nave de la verdadera religión se salvarán de la destrucción y el caos. Ende necesita una imagen que desate la emoción en el espectador, que lo atrape con su fuerza espiritual.
Arte religioso
De eso se trataba el arte en la Edad Media, un periodo poco celebrado por los visitantes de los museos, que recorren apresuradamente las salas dedicadas al Románico y al Gótico para detenerse por fin en el Renacimiento, con sus maravillosos lienzos en los que desborda la vida. ¿A quién le importan esas figuras rígidas que podría dibujar un niño de diez años? ¡Y esos rostros adustos, con dos redondeles rojos para dar volumen a las mejillas! ¿No hay otros temas que no sean religiosos? El arte medieval, a mí, qué quieres que te diga.
Es cierto que el arte de la Edad Media está consagrado, en gran medida, a la religión, pero no por eso deja de ser sublime cuando se entienden sus códigos. El más importante es que se trata de un arte no naturalista: los artistas no están interesados en imitar la realidad, sino en esquematizarla. El mensaje de Dios tiene que ser comunicado a la población analfabeta mediante imágenes simples y comprensibles, pero de gran potencia. Fijaos en la obra de Ende: en los doce ahogados que flotan en diferentes posturas.
Las figuras son tan modernas que podrían ser de Matisse. Y los colores, arbitrarios, encendidos, maravillosos. La autora aplica los pigmentos azules con tanta maestría que el mar que cubre las seis montañas tiene la cualidad del agua de lluvia. Fijaos en la simetría que construyen la paloma blanca que entrega la ramita de olivo a Noé y el cuervo negro que picotea el cadáver de un condenado.
¿Qué importa si las piernas del patriarca acaban en la cintura? ¿Qué importa si la pareja de serpientes flota en el aire de uno de los cubículos del arca? ¿O si el olivo es más alto que el monte Ararat? El año 1000 se acerca, a las puertas del convento se oye el fragor de la Reconquista, nadie está a salvo en este valle de lágrimas. Solo hay amparo y consuelo y vida eterna a bordo de la iglesia de Cristo y Ende, pintora y sierva de Dios, envía su mensaje para que tu alma comprenda.