CON TINTA AZUL

JUAN POYATOS OLIVER

Me apasiona el mar en todas sus dimensiones. De hecho, escribí un libro sobre "Tiburones en el Mar Balear" y otro sobre mitología, "Leyendas del Mar Balear", e incluso uno sobre sus fondos, "Bucear en Mallorca". Navego todo lo que puedo con mis hijos, sin regatas, sin puertos de destino, sin horarios y sin obligaciones, escribiendo siempre con tinta azul, porque mi objetivo final es, en este ámbito de la vida, dejar a mis hijos un mar como el que yo disfruté.

Con el agua (marrón) al cuello

El periodista Juan Poyatos narra su inmersión en el emisario de Ciudad Jardín y se pregunta por qué la ciudadanía se movilizó contra las prospecciones petrolíferas (como él mismo) pero no lo hace para que se mejore el saneamiento de agua que se vierte al mar.

El mes pasado escribí sobre la emisión de aguas “marrones” al mar. Lo hice basándome en los datos publicados por el propio Govern, pero no lo había visto con mis ojos. Ahora escribo sobre el mismo tema, pero con una gran diferencia: he ido y lo he visto (y olido).

Superando las aprensiones lógicas, una mañana del mes pasado me puse el neopreno y me tiré al agua, muy cerca de la playa de Ciudad Jardín, donde los niños juegan en la arena y la gente come paella en la terraza de buenos restaurantes, mirando el horizonte pero sin imaginar lo que tienen allí, a escasos mil metros de la orilla.

La mar estaba en calma el día en que fuimos a bucear al emisario, tal vez por eso, ya en superficie, unos olores nauseabundos nos avisaron de que la mañana sería del todo inolvidable.

Lo que encontré en el agua fue peor de lo que había imaginado, o de lo que te puedas imaginar, amigo lector. Agua marrón clarito, todo lleno de “restos pequeños” (¿Se entiende?), de apenas unos milímetros, que flotaban y se dispersaban en todas direcciones, lentamente. Así durante 24 horas al día y 365 días al año, pensé. Aunque imagino que en pleno verano, con la isla llena, la cosa debe de ser mucho peor.

Lo más repugnante de ese día fue el sabor en la boca que me quedó durante horas. No quiero extenderme más con ese tema. Bueno, una vez visto y olido todo, ahora toca reflexionar. Es posible que se cumpla la normativa nacional y europea, que permite cierto nivel de “marrón” (caca), pero creo que no es lo mismo tirar aguas sucias en una ciudad industrial del norte, por ejemplo, donde nadie se baña, que aquí, donde vivimos de las playas.

Aquí deberíamos tener una normativa mucho más restrictiva. En los análisis de esas aguas “marrones” no saldrán, supongo, elementos súper tóxicos como metales pesados, hidrocarburos o nitratos, aquí no hay industrias contaminantes que vierten a la red. En realidad, seguramente no nos envenenan esas aguas “marrones”, pero en cualquier caso, atacan directamente a nuestra principal industria, el turismo.

Se movilizó la ciudadanía el año pasado contra las prospecciones petrolíferas, alegando que podía producirse un vertido que destruiría nuestra industria turística, pero nadie parece querer movilizarse en serio por unas costas llenas de “marrón”, que no nos matan al instante, aunque si tal vez lo hagan a medio o largo plazo. Lo cierto es que es fácil criticar a unos “malvados” que quieren sacar petróleo de nuestras aguas, pero es difícil, muy difícil, reconocer nuestros propios fallos y asumir y digerir nuestra propia mierda.

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