CON TINTA AZUL

JUAN POYATOS OLIVER

Me apasiona el mar en todas sus dimensiones. De hecho, escribí un libro sobre "Tiburones en el Mar Balear" y otro sobre mitología, "Leyendas del Mar Balear", e incluso uno sobre sus fondos, "Bucear en Mallorca". Navego todo lo que puedo con mis hijos, sin regatas, sin puertos de destino, sin horarios y sin obligaciones, escribiendo siempre con tinta azul, porque mi objetivo final es, en este ámbito de la vida, dejar a mis hijos un mar como el que yo disfruté.

Debemos exigir el respeto que nos merecemos

Decían los navegantes griegos que el mar te quiere convertir en agua, mareándote. Sin embargo, afirmaban que si finalmente le ganas ese pulso, puedes desplazarte sobre él a cualquier lugar del mundo. Hoy, en plena tormenta de virus, sigue habiendo dos formas fundamentales de capear la situación. Podemos llorar, marearnos, vomitar y finalmente hundirnos, convirtiéndonos en agua, o podemos mantener firme el pulso, tomar rizos y seguir a rumbo, incluso a más velocidad. Aunque lo importante no es navegar por navegar, lo vital  es tener claro al puerto al que se quiere arrumbar.

Los isleños en general, por necesidad, han sido siempre muy hábiles a la hora de adaptarse a los tiempos. En la antigüedad, cuando el mundo conocido estaba en guerra, desde Mallorca exportamos honderos, tecnología que fue muy apreciada en las dos primeras guerras púnicas. Cuando la sal era casi más valiosa que el oro, hicimos funcionar las salinas más importantes del Mediterráneo. En tiempos de la plaga de filoxera en toda Europa, en Mallorca se produjo más vino que nunca en su historia, y cuando en mayo de 1891 llegó finalmente la plaga a la isla, los mallorquines no se lamentaron, no lloraron, arrancaron la vid y sembraron almendros. 

Siguiendo esa lógica histórica de supervivencia económica, a mediados del siglo XX, tras la Segunda Guerra Mundial, en las Islas Baleares se «cultivó» el turismo, floreciendo la riqueza y el desarrollo. La materia prima era, y sigue siendo, el sol y el mar. Los chiringuitos y los hoteles resultaron la forma más rápida y barata de sacar partido a esa materia prima. Sin embargo, el monocultivo es peligroso, lo sabemos desde el neolítico, o deberíamos saberlo. 

No hace falta «arrancar» el monocultivo turístico y sembrar otra cosa. Lo que hay que hacer es diversificar lo que plantamos, por si las plagas. La forma de explotar el sol y el mar ha de actualizarse de inmediato.

Hay muchas posibilidades económicas alternativas al turismo de «todo incluido». Por ejemplo, podemos diseñar la mejor base olímpica y de regatas del mundo. También sería interesante promocionar el buceo en pecios (tenemos cientos en los que está prohibido sumergirse). Formemos a los mejores trabajadores en reparación de yates, atendamos a las grandes esloras con instalaciones adecuadas y preparemos marineros y capitanes para exportarlos al mundo. Se debe ayudar a las empresas de chárter, a los clubes de navegación, a las grandes firmas «tractoras» del sector, a las escuelas de vela, al cluster, a los clubes náuticos, a las marinas, a las embarcaciones tradicionales, a los artesanos de la madera, de las redes o los barnices.

 Podríamos ser el mejor lugar del mundo para navegar, bucear o reparar barcos, atrayendo más negocio y mejorando la economía general, y no lo somos. A la oferta de sol y playa, de chiringuito y hotel, hay que darle en 2021 una vuelta de tuerca. Es hora potenciar la náutica más que nunca. Es hora de unir el sector para dirigirse a las administraciones, aportando datos económicos y exigiendo, repito, exigiendo, el respeto que la náutica merece.

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