OPINION

TINTA DE CALAMAR

DIEGO RIERA


 

Hexágono de invierno

DIEGO RIERA HEVIA

Esta columna, y su seguro servidor, son cada vez más predecibles: llega el otoño y hablamos de vestir, con Sant Jordi sacamos a relucir los libros leídos y no hay verano sin navegar con los grumetes y tigres de Mompracem.


Es invierno, las borrascas se suceden barriendo nuestras costas y cielos. Es momento de levantar la cabeza y poder ver tres mil estrellas, incluso desde una terraza en medio de la ciudad.



El año pasado les hablé de Sirius, la más brillante, que con Procyon y Betelgeuse formaban el Triángulo de invierno. Este triángulo forma parte del Hexágono de inverno, ambos son dos figuras astronómicas o pseudoconstelaciones.



Ya saben que las constelaciones no son más que una forma de ordenar las estrellas en el cielo dándoles una forma. Y lo que para nosotros es la Osa mayor son los Siete sabios, un barco, una canoa o un crustáceo dependiendo de la cultura o geografía que nos toque vivir.



De hecho, nosotros no las vemos pero hay unas cuantas constelaciones muy locas como Godzilla, Enterprise o el Principito formadas por estrellas que emiten rayos gamma, sólo visibles para cierto tipo de telescopios.



El Héxagono podría ser una forma de unir seis estrellas, y así lo hace, aunque aquí lo importante es que nos permite enlazar seis constelaciones clásicas de esta época del año. Empezando por Sirius, fácil de identificar porque es la estrella que más brilla, y siguiendo el sentido horario tenemos a Procyon en el Can menor. Le suceden Pollux y Castor, que pertenecen a Géminis. Arriba del todo está Capella -la pequeña cabra- formando parte de Áuriga. Llegamos a Aldebarán -la que sigue, en árabe-, a la que Ptolomeo llamó "el portador de la antorcha", en la constelación de Tauro. Ya sólo queda Rigel, el pie izquierdo de Orión, para llegar Sirius en el Can mayor.



Ya ven, una forma rápida para identificar unas cuantas constelaciones y estar más cerca de los griegos y la mitología, de cómo Orión con sus dos perros persigue a un toro. De preguntarnos cómo de importante serían estas constelaciones en la Polinesia y qué figuras verán ellos. De hacernos a la idea de lo largas que debían ser las guardias en una nao cruzando el Atlántico, saltando de una a otra para no perder el rumbo


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