OPINION

LA TRIBUNA DE LA MAR

MIGUEL FÉLIX CHICÓN RODRÍGUEZ


 

El Levante

Los que hemos tenido la suerte de nacer a orillas del Estrecho de Gibraltar sabemos lo que significa que el Peñón esté cubierto con su peculiar nube lenticular: «Cuando el Peñón tiene montera, levantera». Vamos, que no hay manera de librarse del viento de levante, que ahí sopla un promedio de 165 días al año. El origen de la palabra no tiene misterio alguno: del latín levare, señala al punto cardinal por donde se «levanta» el sol: el este. Aunque, en realidad, solo dos veces al año la salida del sol coincide exactamente con el punto cardinal Este: en los equinoccios, esos dos días del año en que la noche y el día tienen la misma duración; de ahí el nombre, aequinoctium (aequus nocte), noche igual, el valor de la declinación del sol es 0º y pasa de ser negativo a positivo en el equinoccio de primavera y viceversa en el de otoño. Si estuviésemos situados en cualquier punto del ecuador comprobaríamos que, al llegar el sol a su cenit, ningún cuerpo proyectaría sombra alguna y su arco respecto al horizonte sería de 90º. La declinación del sol varía de los +23º a los -23º, por eso vemos amanecer el sol por diferentes puntos del horizonte en función del día en que nos encontremos, pero siempre próximos al este, al levante.


Pero no solo nombramos levante al viento. Ya desde la Edad Media se nombra así a una gran parte del Oriente Próximo que incluye Siria, Líbano, Jordania, Israel y Palestina. Recordemos que en las primeras Rosas de los Vientos el este se representaba con una Cruz Griega porque señalaba a Tierra Santa. También identificamos con ese nombre a diferentes zonas geográficas tanto de la Península Ibérica (el Levante español) como de la Italiana (Riviera di Levante), de las islas de Cerdeña, Sicilia, Mallorca… E incluso es un antiguo apellido italiano.



Pero volvamos al Estrecho. ¿Cómo se crea la montera, esa peculiar nube tipo stratocumulus lenticularis que el levante forma sobre la Roca? El viento llega desde lejos, transitando por todo el mar de Alborán, por lo que se carga de humedad. Los sistemas montañosos en las orillas meridional y septentrional  del mar de Alborán (Rif-Atlas y Penibético) actúan a modo de embudo y, gracias al efecto Venturi, lo canalizan y aceleran hacia el Estrecho haciendo que la mar arbole y la navegación pueda llegar a ser peligrosa al conjuntarse el efecto del viento con el efectos de las corrientes que llegan del Atlántico y con las mareas.  



Al chocar el aire contra las paredes verticales del Peñón de Gibraltar se ve forzado a subir con velocidad. En determinadas circunstancias, que se dan con relativa frecuencia en la zona, la gran humedad de la que viene cargado hace que el vapor de agua se condense a barlovento del Peñón y se forme esa nube que se extiende hacia sotavento, hacia la Bahía de Algeciras, llegando en ocasiones a formar cúmulos rotores. Tanta es la peculiaridad de la nube que cubre Gibraltar cuando sopla el levante que ya forma parte del Atlas de Nubes



No pocas travesías aderezadas con levante y viendo la «montera» recuerdo haber hecho a bordo de los correos de la Trasmediterránea. Ya fuese el Ciudad de Tarifa, el Virgen de África o el Victoria, si se salía desde Tánger, empezaban a cucharear poco después de asomar la proa por Malabata y no dejaban de moverse hasta estar al socaire de Punta Europa. Al atracar en Algeciras todo se olvidaba y la felicidad de reencontrarse con la familia compensaba las fatigas que el levante pudiera haber ocasionado durante la travesía. Sigamos capeando el temporal. Más pronto que tarde amainará, llegaremos a buen puerto y las penurias pasadas se irán diluyendo en la memoria.


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