HISTORIA, PATRIMONIO, LITERATURA

VELA OCEÁNICA

La gran efemeride de 2018: 50 años de una regata de locos

Apolo y Dioniso se reencontraron en 1968 en el ruedo oceánico de la edición original de la Golden Globe, la travesía que cambió para siempre el curso de la vela
JOHANNES VON HORRACH

Las cifras redondas tienen una importancia relativa, pero al menos son una excelente excusa para rememorar proezas como la acaecida a finales de los años sesenta: se ha cumplido este año que ahora termina el 50 aniversario de la Golden Globe Race, regata que organizara el periódico británico Sunday Times y que consistió en dar la vuelta al mundo en solitario sin ninguna escala. Y sin motor, claro, sólo a vela. Se trata del evento que originó las modernas regatas individuales, aunque con un matiz importante: en esa época los veleros no contaban con alta tecnología ni estaban patrocinados por grandes multinacionales, navegando casi como en la época de Elcano y Magallanes. El empeño del Sunday Times, espoleado por la vuelta al mundo con una escala de Sir Francis Chichester el año anterior, permitió alcanzar un nuevo hito en el desarrollo de las capacidades humanas, pero su funcionamiento resultó tremendamente modesto, casi artesanal.



La efeméride ha venido reforzada por el estreno de una película, The Mercy, dedicada al más trágico de los protagonistas de la regata, Donald Crowhurst, interpretado por Colin Firth, y que se estrenó a inicios de este verano en el Real Club Náutico de Palma. También indispensable para conocer los detalles de tan fascinante certamen es el libro Una regata de locos de Peter Nichols, que analiza con detalle toda la travesía y a sus nueve participantes: dos franceses (Bernard Moitessier y Loïck Fougeron), un italiano (Alex Carozzo) y seis británicos (John Ridgway, Chay Blyth, Robin Knox-Johnston, Bill King, Nigel Tetley y Crowhurst).



En 1968, cuando el hombre estaba lanzado en su proyecto de llegada a la Luna, el Sunday Times puso en marcha una iniciativa que, si bien no implicaba los avances científicos de la NASA, sí permitió realizar con pequeños barcos de vela una gesta de hombres solitarios herederos de la insigne estirpe de Amundsen, Lindbergh y Burton. ¿Qué nos empuja a abandonar la seguridad de nuestros hogares para jugarnos la vida ascendiendo el Himalaya o encerrándose en un velero para recorrer los mares? Decía Heráclito que sólo el pólemos (el conflicto, la pugna) nos revela quiénes somos realmente, y estos nueve hombres querían saber de una puñetera vez de qué material estaban hechos: “En la vida no hay elección. O pudrirse o quemarse” (Conrad).



Precisemos que se trató de una regata en la que sus participantes no salían al mismo tiempo, sino en un plazo que iba del 1 de junio al 31 de octubre de 1968, y que daría la vuelta al mundo partiendo de Inglaterra, atravesando el Atlántico Sur para superar el cabo de Buena Esperanza y seguir por el Índico hacia Australia y Nueva Zelanda, luego recorrer todo el Pacífico y finalmente regresar a Europa tras rebasar el temible Cabo de Hornos. Para subsanar el ritmo desordenado de las salidas, el Sunday Times instauró un segundo premio de 5.000 libras para aquel que realizara la travesía en menos tiempo. No olvidemos, desde la acogedora calma de nuestros sofás, el pasmo que supone una aventura tan loca: soledad angustiosamente abisal durante muchos meses, dormir sólo a ráfagas desasosegantes, pánico de caerse al mar en medio de las bestiales tempestades del océano Austral, miedo a colisiones nocturnas con barcos de gran tonelaje o hielos a la deriva (incluso de día, la línea de horizonte es sólo de ¡3 millas!), o mantener la dirección sólo con la ayuda de un sextante, el sol y las estrellas.



Aunque el brillante y sorpresivo vencedor de la regata, y de hecho único participante que regresó al punto de salida, fue el joven Knox-Johnston, capitán de la marina mercante que volvió a tocar tierra el 22 de abril de 1969, los dos protagonistas podríamos decir que espirituales del campeonato fueron Crowhurst y Moitessier. Por motivos opuestos. Knox-Johnston tiene un mérito tremendo, pero mostraba una personalidad menos compleja que sus dos compañeros de campeonato. A juicio del psicólogo de la carrera, era “penosamente normal”, y de hecho fue el único que no tenía dudas sobre sus posibilidades. En cambio, la interioridad de los otros dos era profunda y dolorosa.



Podríamos decir, siguiendo la dualidad planteada por Nietzsche en El nacimiento de la tragedia, que Crowhurst sería la imagen de lo apolíneo (el ímpetu de la razón planificadora), mientras que en Moitessier tendríamos la representación de lo dionisíaco (la pura pasión vital). Crowhurst sólo pensaba en un triunfo que lo redimiera de una vida siempre por debajo de sus ambiciosas expectativas. Poseía un talento innegable, pero no era capaz de sacarle partido. Hombre ajeno al mar, en la Golden Globe encontró el trampolín que podría llevarlo al estrellato, demostrar al mundo que era un genio. Pero las cosas no salieron bien: su  tecnológico barco se desintegraba imparablemente, y no había manera de remontar en la clasificación de la regata. Por eso cayó en la vileza de las trampas: Crowhurst falseó su verdadera posición y transmitía por radio a Inglaterra esperanzadores datos trucados. No quiso renunciar a su deseo mesiánico, así que se saltó los pasos necesarios para la gloria. Mientras Knox-Johnston, Tetley y Moitessier avanzaban velozmente por el Pacífico, él deambulaba errático sin salir nunca del Atlántico, como un vagabundo de los mares. Derrumbado por los remordimientos y por su fracaso, Crowhurst padeció un brote psicótico y en plena deriva oceánica se dedicó a escribir como un poseído miles de palabras en pocas horas: visiones históricas, reflexiones cósmicas, un crispado diálogo con el mismísimo Einstein, etc. Reventando su ambición apolínea, Crowhurst se desintegró: vació su tortuosa alma en el cuaderno de bitácora y finalmente se arrojó por la borda para sepultarse en ese sarcófago marino que lo había frustrado.



Moitessier también padeció una epifanía, pero en su caso luminosa: su amor a la vida, al latido líquido de los océanos, era mayor que las ambiciones mundanas de una regata. Entendió lo que suponía participar en un campeonato: una prueba para dirimir honores triviales. Y él no tenía nada que demostrar, no necesitaba redimirse de miseria alguna, y en los largos meses de trayecto en los que místicamente se fusionó con su embarcación y con el mismo mar obtuvo la confirmación definitiva de que su reino no era de este mundo. El ciudadano francés llamado Bernard Moitessier también se desintegró, pero para dejar de ser un tipo en pos de una medalla: no se hundió bajo el elemento marino sino que se proyectó extáticamente sobre él. Eclosionó su exuberancia dionisíaca. Por eso, estando en cabeza de carrera para obtener los dos trofeos de la Golden Globe, decidió seguir a su aire con una libérrima segunda vuelta al globo terráqueo, poniendo pie a tierra en las edénicas islas de Tahití. No quiso finalizar la travesía estipulada, su vida era una travesía más amplia: el mar como gozoso fin en sí mismo, no como un medio. Pessoa decía que un barco no navega, sino que sólo va de un puerto a otro. Moitessier decidió navegar de verdad, por puro placer, sin horizonte ni objetivos espurios o afán de honores. A diferencia de Crowhurst, entendió que el juego no merecía detenerse. Porque la vida sigue, al margen de nuestros planes demasiado humanos.


FAN MALLORCA 2