HISTORIA, PATRIMONIO, LITERATURA

MENSAJES EN BOTELLAS

Los solitarios

OSCAR SICHES

Los circunnavegantes solitarios son un fenómeno del siglo XX. Joshua Slocum fue pionero en 1900. Gente introvertida, poco comunicativa, sin necesidad de fama sino de un horizonte marino limpio que sólo acabe cuando ellos lo decidan. Son (fueron, los originales) supervivientes natos. Menciono los originales porque los más recientes se han beneficiado de avances técnicos y de apoyos externos que no existieron hasta los años 70 del pasado siglo. Por ejemplo, cuando Joshua Slocum fondeaba con su Spray en la Polinesia y necesitaba dormir, cubría la cubierta de tachuelas, esas que parecen un pequeño paraguas de bronce, a las que dejaba con las puntas hacia arriba. Si algún aborigen lo abordaba, sus gritos de dolor despertaban a Slocum. Sin pila, sin cable, sin tecnología inalámbrica. 

Algo chulo, eso de sentirse inmortal e imbatible y de llevar ese «yo sé lo que hago» en la mirada mientras el resto de los mortales les decían con el corazón «adiós para siempre» mientras de la boca para afuera todo eran sonrisas y palabras de ánimo. 

Los más recientes y conocidos solitarios fueron Eric Tabarly, Bernard Moitessier, Robin Knox-Johnston, Francis Chichester y Helen Mac Arthur. Mi héroe de juventud fue Alain Colas que de ser profesor de instituto en Sídney se transformó, en poco tiempo, en uno de los mejores navegantes solitarios del planeta, desapareciendo en el Atlántico durante la Ruta del Ron de 1978. 

A partir de los 90 la llegada de patrocinadores permite diseñar, construir y preparar mejor las embarcaciones. Todos sin excepción manifiestan que prefieren la libertad del mar a estar en tierra. Libertad de estar en un espacio muy limitado, en condiciones generalmente incómodas (escorado, mojado, frío, ruidoso), condiciones que en tierra no serían aceptables pero que los navegantes solitarios cambian gustosos por ser los propios gestores de sus vidas. No necesitan al prójimo, se necesitan sólo a ellos. No molestan a nadie y se dejan poner a prueba por fuerzas que no pueden o que son difíciles de controlar (incluyendo su psiquis).

Pocos, muy pocos, se aventuraron a circunnavegar la tierra de Oeste a Este. A la ruta sobre el paralelo 40 Sur se le llama «Los Cuarenta Bramadores» y también «la ruta imposible», porque quienes lo habían intentado en barcos pequeños a principios del siglo XX habían muerto durante la travesía. Lo de bramadores viene de los muy fuertes vientos que producen un sonido similar en la jarcia (un bramido).  Esos vientos son permanentes en esa latitud.

Ese cinturón eólico lo «descubrió» un neerlandés, Hendrick Brouwder, en 1610 y con lo listos que son mis maatjes (amiguetes) de los Países Bajos, enseguida dieron instrucciones a sus capitanes de navegar entre 40S y 50S para poder llegar más rápido a Indonesia. Al principio, los ingleses no entendían por qué siempre los neerlandeses llegaban antes a Asia, luego los clippers hicieron de los bramadores su ruta. 

El riesgo extra valía la pena por el ahorro de tiempo, ya que llegar antes significaba mejores precios en los mercados.  El primer navegante solitario que consigue dar la vuelta al mundo de Oeste a Este fue Vito Dumas, un argentino profesor de natación, pintor y fotógrafo social. Su Legh II tenía 9,50 metros de eslora y 3,50 de manga. Fue en 1942, en plena guerra mundial. Las escalas fueron Montevideo, Ciudad del Cabo, Wellington, Valparaíso y Mar del Plata. En Europa se le sigue venerando como el más grande. En Argentina la armada le demonizó y condenó como portador de la mala suerte (mufa) desde el golpe de estado de 1955.  Hoy lo vamos rescatando de esa injusta fama.

 


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