CRUCERO

TRIBUNA ABIERTA

Elogio de la navegación en tiempos de pandemia

El autor se pregunta por qué hay tan poca gente que navegue y lamenta que los jóvenes no sean capaces de «permanecer horas o incluso días para conseguir un objetivo tan absurdo e inmaterial, a la vez que gratificante, como llegar a un puerto, isla o doblar un cabo»
JAIME MORELL

Durante estos días de confinamiento me he hartado de navegar por Internet, me he puesto al día de toda la información náutica, noticias, artículos, conferencias, entrevistas, pero a mí me sigue rondando la cabeza la gran cuestión de nuestro deporte, que siempre intentamos responder los que lo amamos: ¿Porque nadie navega?


Medusa Sail

Mi teoría es que navegar a vela no va con los tiempos actuales. Las personas más mayores ajenas a la náutica difícilmente van a cambiar sus hábitos y aprender a navegar; si son armadores, seguramente se trata de los dueños de esos barcos que vemos abandonados en los clubs y que los mantienen para sentir que conservan esa “ilusión romántica” de su juventud.



Las personas jóvenes en su mayoría no han recibido ningún estímulo positivo que les haya acercado a la navegación a vela, no han leído historias de piratas, ni de grandes exploradores ni han visto a ningún navegante por la televisión ni por la Tablet; por tanto, en su inmensa mayoría ni siquiera se plantea esa posibilidad y los que podrían hacerlo prefieren dedicarse a otras aficiones.



No va con los tiempos actuales porque la gente joven, que es la que tendría que haber comenzado a navegar, no está acostumbrada a la vida al aire libre, ha vivido siempre en pisos y locales cerrados, no soporta pasar frío ni pasar calor (para eso se han criado con bombas de calor y aires acondicionados), no es capaz de permanecer horas o incluso días para conseguir un objetivo tan absurdo e inmaterial como llegar a un puerto, isla o doblar un cabo; es más fácil coger el móvil,  hacer una consulta, entretenerse con un juego o un vídeo, hacer un ingreso o una llamada y esperar al mensajero, para conseguir algo que además es algo tangible que satisface una necesidad inmediata.



Los jóvenes más osados, que se inician en vela ligera, visto el enorme abandono que existe al pasar al crucero, sufren esas mismas circunstancias, a las que se añade la presión por alcanzar necesariamente el “éxito en este deporte”; es decir, alcanzar el llamado “sueño olímpico” o, en su defecto, pasar a formar parte de la tripulación de un barco volador con fóils, que no pare de dar vueltas al mundo, que en la mayoría de los casos acaba en frustración y abandono de la afición, por los necesarios estudios universitarios y la loable voluntad de formación de una familia.



Nada he visto o leído sobre “el tema” estos días navegando por Internet. Ha sido esta mañana durante una llamada de un amigo, a vueltas con el tema del confinamiento y las ganas de navegar, cuando le he contado mi  “Teoría Revisada de la Afición a la Vela Post Coronavirus” y -espero que no fuera por no escucharme más- me ha animado a que se la ponga por escrito.



Quizá después de haber permanecido encerrados durante tantos días, los mayores hayamos tenido tiempo de reflexionar y proponernos dedicar más tiempo a intentar recuperar esa ilusión romántica de juventud y eso vale para los que hemos estado repasando fotos de esos veranos inolvidables que pasamos con nuestra familia, a bordo de los distintos barcos que tuvimos: a los 26 años un 26 pies, a los 34 años un 34, a los 36 un 36, y uno más, que ya no coincidía con nuestra edad,  pues los años pasan rápido y no íbamos a poder manejarlo ni pagarlo.



Quizá los pocos jóvenes que navegan piensen que realmente el “éxito en este deporte”, después de ver a sus referentes peloteando con sus hijos en sus jardines y sus mujeres en pijama con la raíz del pelo al natural, con el sueldo recortado, sin masas contemplándoles, ni focos, ni micros, no es precisamente colgarse una medalla o ir en un barco con pegatinas y mucho carbono, sino que la experiencia de disfrutar de una afición “uno mismo” resulta mucho más gratificante y duradera.



Quizá todos, tras este confinamiento, hayamos tenido tiempo de darnos cuenta de que es muy bueno detenerse unos instantes y dar vueltas a nuestros pensamientos para plantearnos nuestras vidas, problemas y relaciones con los demás, y que un barco puede ser el único lugar donde es posible aislarse completamente y meditar sobre nosotros, rodeados de naturaleza monótona, mar y cielo y sutilmente variables, que invitan a la reflexión.



Quizá durante estos días hayamos sufrido alguna pequeña avería en casa que hemos tenido que solucionar por nosotros mismos, hayamos decidido hacer alguna mejora o nos haya faltado algún suministro, cosas que nos ha llevado tiempo pensar en la mejor solución y un tiempo de para su realización. Esos contratiempos son habituales en un barco y navegando se aprende a solucionarlos por uno mismo y con los medios que se dispone a bordo.



Quizá ahora valoremos más que es muy importante que sepamos elegir mejor a la gente con la que nos embarcamos o apreciar a la gente que tenemos a bordo de nuestras vidas. Cuando un barco zarpa, es difícil desembarcar a alguien sin regresar al puerto de partida o desviarnos momentáneamente de nuestro destino a otro puerto, eso se aprende navegando.



Podría seguir así con decenas de metáforas que no hacen otra cosa que desglosar lo que hoy llaman valores, que son las enseñanzas que nos puede aportar la navegación a vela. Nos vendrían muy bien a todos, dentro de la desgracia, reflexionar para que de una vez por todas nuestra afición deje de ser una práctica elitista y se popularice como ha ocurrido en otros países de nuestro entorno. Ese cambio, paradójicamente, debe comenzar por los dueños de barcos.