TEMPORALES Y NAUFRAGIOS

PIPE SARMIENTO DE DUEÑAS

Nací en Bilbao en 1952. Pasé mi niñez entre botes, remos y cabos en una pequeña villa marinera del Cantábrico llamada Plenzia. Me licencié en Derecho en Deusto y pronto cambié la toga por el traje de agua. He escrito de náutica y mar en casi todos los diarios de España. Soy autor, entre otras obras, de la novela ‘Entre el cielo y las olas’, el libro de viajes ‘Por las costas del mundo’, la investigación ‘Expediente Odyssey’ y este ‘Temporales y naufragios’ que ahora ofrecemos en versión corregida y ampliada por capítulos en Gaceta Náutica. Me encontrarás también en pipesarmiento.net

Atrapados en una red y rodeados de orcas

El 70% de los los barcos enganchados en aparejos de pesca se hundieron por la confluencia de distintas calamidades

Embarcación de la clase Figaro atrapada en una red de pesca.

Habían zarpado desde Gran Canaria con rumbo al puerto andaluz de Benalmádena en un seguro Wauquiez de 42 piés; la travesía estaba siendo buena con vientos bonancibles del Este en su primera parte y del Noroeste fuerza tres a partir de la escala que hicieron en las islas portuguesas de Madeira. El GPS les llevaba en una ruta en la que dejarían por estribor el cabo Espartel a una distancia de seguridad de diez millas. Todo iba bien a bordo y los cuatro tripulantes intercambiaban guardias de tres horas. Pero al acercarse al cabo marroquí, y dado el descomunal tráfico de barcos mercantes que se dirigen hacia el Mediterráneo pegados a Marruecos, todos salieron a cubierta para adelantarse a las maniobras que deberían hacer cuando se introdujeran en la autopista de los mastodontes de los mares, que no suelen ver a los barcos de plástico porque su señal repercute poco en sus radares.

Eran las diez de la noche y empezaban a distinguir las luces rojas y verdes de los petroleros y los portacontenedores que entran en el Estrecho de Gibraltar a  veinte nudos. El separador de Tráfico de Tarifa obliga a que toda embarcación en ruta hacia el Mediterráneo lo haga por las aguas marroquíes, dejando las españolas para los que salen del mismo. Por ello, se prepararon para una complicada noche encendiendo todas sus luces, incluido el foco de cubierta, para hacerse más visibles durante el tiempo que estarían inmersos en ese río de grandes barcos.

El viento cambió a un poniente de 15 nudos que impulsaba el velero a siete nudos. La mar era buena, y las olas que le llegaban por la popa lo movían a babor y estribor moderadamente. Navegaban con todo el aparejo izado, lo que provocaba que las luces del barco se reflejaran en las velas, delatando mejor su presencia. Acababan de dejar por estribor los destellos del faro situado en el cabo Espartel. Minutos después, sintieron que el barco se frenaba en seco, al tiempo que la mayor trasluchaba con violencia. La olas que llegaban de poniente lo impulsaban hacia adelante, pero el velero estaba sujeto por algo que no le permitía hacer proa, provocando un tremendo remolino bajo la carena.

Asustado, el patrón enfocó el agua con una linterna sin ver causa alguna; pero desde proa advirtieron algo oscuro que se movía por la amura de estribor: con un bichero lo izaron un poco y vieron que se trataba de una red de grueso calado que permanecía sujeta a otro punto. El barco seguía detenido y cabeceaba de forma pronunciada. Arriaron la mayor y enrollaron la vela de proa, con lo que la embarcación atemperó sus movimientos.

No siempre es aconsejable bucear para intentar liberar el barco: las redes puede atraer a orcas y otros depreadores. 

Lo primero que pensaron fue tirarse al agua para comprobar el alcance de la avería, pero era peligroso dada la hora y el lugar en el que se encontraban, pues la presencia de orcas estaba asegurada. No tardaron más de cinco minutos en comprobarlo, cuando las grandes aleta de tres de ellas se aproximaron, seguramente, atraídas por la luz.

A popa, el patrón vio como unas luces verdes y rojas se acercaban. Con el VHF de mano, por el canal 16, empezó a gritar en inglés "pam, pam, pam, my day, may day, may day". Unos segundos después, y para su sorpresa, escuchó una voz que, también en inglés, dijo:

-Les tenemos en el radar a proa, a menos de una milla; qué tipo de barco son; la señal es débil.

-Un velero; estamos enganchados en una red y no podemos desplazarnos.

-No se preocupen, les daremos un resguardo de doscientos metros y avisaremos al Centro de Tarifa Tráfico para que les ayuden.

Pero allí ya habían escuchado la alarma, además de tenerlos localizados en uno de sus potentes radares. Y emitieron una llamada a todos los buques que entraban en el Estrecho en un radio de cincuenta millas para advertirles que en la posición 5º 58´30 W´´, 35º 50´30 N‘’ había un barco sin maniobra.

También llamaron al velero por el canal 16 para que cambiasen su frecuencia al 74 y no bloquear el canal de emergencia. Les tranquilizaron y les dieron algunas instrucciones: la primera que de ninguna manera se tiraran al agua; que encendieran el mayor número de luces, y que se pusieran los elementos de seguridad. También, que tuvieran a mano la balsa salvavidas, pero que todavía no la echaran al agua.

-En menos de treinta minutos la Salvamar de Tarifa estará con ustedes.

La noche era oscura, y los fuertes tirones que daba el barco lo zarandeaban en un juego entre la red y las olas que llegaban por popa provocando ruidos inquietantes, aunque de momento la integridad del velero no estaba en peligro. Las orcas se mantenían a más de cincuenta metros, pero saltaron en varias ocasiones provocando un siniestro chapoteo.

Pasados unos minutos el barco con el que habían hablado les alcanzó e hizo sonar su potente sirena; habían cambiado el rumbo y les pasaban por babor a doscientos metros. Por la radio, y en inglés, escucharon:

-Al habla el capitán del Takey Sierra; la ayuda está en camino, y los otros barcos que les alcanzaran ya conocen su posición. Buena suerte.

-Muchas gracias, capitán, buena proa.

No habían pasado más de cuarenta minutos cuando la Salvamar se acercaba dando pantocazos. En unos minutos estaban cerca, pues, al carecer de hélices y estar impulsados por toberas, no corren peligro de enganchar redes o cabos. Con sus potentes focos iluminaron la realidad que tenían delante: la red pertenecía a un tipo de almadraba que calan los marroquíes, cuya parte superior está provista de un cable. Como eran las tres de la madrugada y no había peligros inminentes cercanos y estaban supervisados por Tarifa Tráfico, el capitán de la Salvamar decidió esperar a la luz del día para proceder. El velero estaba estable y la mar había bajado por la ausencia de viento. El hecho de que navegasen a vela cuando se produjo el enganchón le daba esperanzas de poder resolver el problema cuando amaneciera.  La tripulación de la Salvamar les pasó café y los mantuvo entretenidos el tiempo de espera.

A eso de las siete, el capitán decidió lanzar un cabo a la popa del velero y tirar en el sentido contrario de la marcha que había llevado. Para ello lo aferraron a un potente soporte para la pasarela, y la Salvamar comenzó a jalar poco a poco: el cabo se tensó como la cuerda de un violín y, como por arte de magia, el velero se fue librando de la red, de tirón en tirón, al tiempo que desaparecía lentamente de la superficie. El grito de alegría que dieron los tripulantes del velero contagio a los profesionales del barco de rescate. Y no era para menos, en un 70% de los casos los barcos con este problema se hundieron cuando las olas, la red y otros barcos, se juntaron en un cóctel explosivo de calamidades.

CONCLUSIÓN 

El tema de las redes es hoy, junto a trocos y contenedores a la deriva, uno de los mayores problemas para los navegantes. Las hay de todos los tipos, desde trasmallos, las criminales redes de deriva, las de cerco abandonadas y las de arrastre enganchadas que, muchas veces, acaban subiendo a la superficie. También los palangres, señalados con pequeñas boyas caseras, de los que no podemos saber su extensión cuando la mar está picada. Por ello, cuando navegamos, no debemos apartar la vista de todo lo que esté a proa de nuestro barco. La protección que tiene el mundo de la pesca profesional siempre ha dejado en el aire el cumplimiento de las diversas normativas impulsadas por Europa, por lo que, de momento, no hay nada que hacer que no sea mirar mucho y dudar de cualquier objeto que veamos flotar. Las almadrabas son temibles en cuanto a redes, cabos y cables, aunque es cierto que son pocas y solo nos ponen en peligro por la noche debido a su gran extensión, a pesar de que alguna coloque pequeñas luces en sus extremos; pero son demasiados los accidentes que la náutica de recreo ha sufrido en ellas, y es muy difícil zafarse sin ayuda.

El caso que cuento se produjo en una almadraba marroquí calada en el cabo Espartel sin señalización; nuestro barco tuvo mucha suerte de no llevar el motor encendido y trabarse solo con la orza y el timón: el que arriasen las velas con rapidez, llamaran por radio pidiendo ayuda y se desviase el tráfico en su entorno, fue trascendental para cuando la Salvamar, viendo que la hélice no estaba girando cuando se produjo la colisión, decidiera tirar de popa, intuyendo que el enredo estaría en esa parte del velero. Fue muy acertado esperar a que amaneciera y trabajar con luz.

El tema de las orcas es crucial, pues estos mamíferos merodean cerca de las almadrabas atraídos por los sonidos de los atunes presos en ellas. He estado varias veces en una, y la presencia de estos inmensos animales fue constante, así que, en su proximidad, no debemos meternos al agua. Con otro tipo de redes es diferente y, si estamos lejos de puertos y la mar lo permite, con un neopreno y provistos de una tijera de yunque, que deberíamos llevar a bordo, gafas, tubo y un cabo de seguridad, trataremos de soltarnos. El cuchillo dentado de tipo submarinismo es bueno pero, en mi experiencia, necesitas una mano para agarrarte y hacer fuerza y otra para cortar. Con la tijera de yunque puedes partir  con una mano incluso los cables que llevan algunas redes.

Algo muy eficaz y que no todos los barcos, sobre todo de motor, llevan en sus ejes es un cortacabos; los hay de muchos tipos y son eficaces cuando el enredo se produce en la zona del timón o el eje. No he querido tratar el asunto de los muchos barcos, sobre todo de motor y en verano, que se enredan con las boyas de marcación de playas, verdadera pesadilla para Salvamento Marítimo, porque más que un infortunio es falta de marinería, por no fondear alejado de ellas; pero la forma de zafarse es la misma.

Terminar diciendo que debemos tener recursos para salir airosos de una situación como ésta, pero si dudamos, sin en el barco no hay nadie capaz de bucear con seguridad, llamemos a Salvamento Marítimo, pues están para eso, y nos asistirán con eficacia. Una pequeña cantidad en nuestro seguro nos cubre de este trascendental servicio. El capitán de una de estas naves, Juan Carlos Jiménez, dijo desde Motril lo que para mí es un lema precioso.  “Salvar vidas es ejercer cada día el espíritu de la Navidad. En la mar no hay luces ni árboles navideños, pero la fraternidad aflora cuando ves la fragilidad de la vida” .

 Y así es cuando les vemos llegar para ayudarnos. Un lujo que nos hemos dado los españoles, y que ayudan a cualquier barco que esté en nuestras aguas, lo que les ha llevado a ser considerados entre los mejores del mundo. Ayudémosles siendo mejores marinos y rigurosos con el estado de nuestros barcos y las salidas a la mar.

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