LA TRIBUNA DE LA MAR

MIGUEL FÉLIX CHICÓN RODRÍGUEZ

Nacido en Tánger en 1960, las travesías del Estrecho de Gibraltar realizadas siendo niño le dejaron un poso que le llevó a cursar, años más tarde, estudios de capitán de la marina mercante en Palma y Barcelona. Desde 1978 hasta 1994 navegó como oficial en buques petroleros, en frigoríficos, como alférez de fragata en la Armada española y ejerció el mando de buques de pasaje, de tipo ferry y embarcaciones de alta velocidad. Desde 1996 es jefe del Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo en Palma.

El Ponent

Cada puesta de sol era admirada, pero no era capaz de ver el rayo verde. Tampoco es que tuviese mayor importancia, pero es cierto que me generaba dudas hasta de su existencia

Foto: De Brocken Inaglory

Al igual que sucede con el levante, la etimología del poniente está bastante clara: del latín ponens, su participio ponere deriva en ponent o poniente. Señala con exactitud el punto cardinal oeste aunque, al igual que con su opuesto el levante, la puesta del sol solo coincida exactamente con el oeste las mismas dos veces al año que con el este, en los equinoccios.

Los antiguos helenos lo conocían como Céfiro, uno de los Anemoi principales, representado en la Torre de los Vientos como un joven alado que lleva en su manto gran cantidad de flores. Flores que va dispersando ya que se le consideraba el mensajero de la primavera y se asociaba a vientos suaves y cálidos.

Sin embargo, en la Península Ibérica el poniente ofrece dos caras diferentes. Se presenta muy cálido y seco si sopla en la costa de Levante ya que atraviesa toda la península y, por el efecto Foehn, se seca y baja cálido hasta la costa. Por el contrario, en las costas atlánticas llega suave y húmedo, genera bastante mar de fondo y limpia la atmósfera, aumentando la visibilidad, aparte de refrescar el ambiente en verano.

Pero hay un lugar donde, tal vez, la puesta del sol con poniente gana en espectacularidad. Ese lugar no es otro que la zona de Cabo Espartel, el punto más noroccidental de la costa africana, muy cercano a una de las Columnas de Hércules. De hecho, las grutas de Hércules se ubican muy cerca del faro sito en el cabo. 

Cuando, de niño, pasábamos los domingos en el cercano bosque a Sidi Amar, muchas veces nos acercábamos con el Volkswagen Escarabajo de color naranja conducido por mi padre a contemplar las fabulosas puestas de sol desde los promontorios cercanos a Cabo Espartel. Si coincidía que soplaba el poniente y que la mar de fondo llegaba poderosa desde alta mar, las olas rompían con fuerza en los acantilados y se colaba por los numerosos bufaderos. En ese entorno de atmósfera límpida gracias al poniente, la mar golpeando con poderío las rocas y los bufaderos rugiendo y arrojando espuma, cuando el limbo inferior del sol se acercaba al horizonte adquiría una peculiar forma como de ánfora o, por lo menos, a mí me lo parecía. 

Seguíamos su lento pero inexorable movimiento hasta que el limbo superior desaparecía bajo el horizonte. Algunos años más tarde, ya adolescente y lejos de Marruecos, leía con fruición novelas de Julio Verne. En una de ellas se describía algo parecido a lo vivido desde esos acantilados africanos, pero desde las costas irlandesas. La novela es El Rayo Verde donde, entre otras cosas, describe ese fenómeno astronómico muy raro de ver.

Sinceramente, nunca fui consciente de haber sido testigo de que se produjese un rayo verde desde Cabo Espartel pero, al saber de su existencia, sí que es verdad que lo busqué con ahínco desde entonces a cada puesta de sol observada. Miles de ocasos desde los lugares más diversos del mundo, ya fuese desde los barcos donde navegaba o desde donde estuviera en tierra en ese momento. Cada puesta de sol era admirada, pero no era capaz de ver el rayo verde. Tampoco es que tuviese mayor importancia, pero es cierto que me generaba dudas hasta de su existencia. 

Empezaba a darme por vencido de poder verlo cuando, mira tú por donde, en un día de poniente suave, no hace mucho tiempo, en plena pandemia, pude contemplar un rayo verde en una puesta de sol desde Mallorca. ¿Se produjo en realidad el fenómeno? Yo creo que sí, aunque tal vez fuese producto más de mi imaginación y mis ganas de verlo que otra cosa, pero nadie podrá arrebatarme ese instante, retenido en mi memoria, como retenidas están las puestas de sol desde Espartel, con el poniente acariciando mi cara y los bufaderos rugiendo y arrojando espuma de agua de mar por sus bocas. A lo lejos se oía el adhan del muecín llamando a la oración del ocaso. Instantes de paz y recuerdos.

Primus circumdedisti me

En 2022 se cumple el quinto centenario de la primera vuelta al mundo. Así eran las naos que emprendieron la travesía y los hombres que las tripulaban.

Gente de guerra y de pluma

El cabo lombardero estaba al cargo de las culebrinas, falconetes y pedreros, mientras que los arcabuces y resto de armas eran responsabilidad del mayordomo de artillería.

Gente de cabo

Contramaestres, barberos, carpinteros de ribera, calafates, remolares, boteros, proeles, timoneros y alguaciles eran algunos de los especialistas que poblaban las tripulaciones de antaño

La chusma

La RAE la define, en su primera acepción, como «conjunto de galeotes que servían en las galeras reales». Así era la vida a bordo de aquellas embarcaciones.

Babor y estribor

¿Por qué complicarnos la existencia y no llamar izquierda y derecha a las bandas del barco?

El Llebeig

El viento del sudoeste para los helenos, uno de los Anemoi Menores, estaba representado en la Torre de los Vientos de la Acrópolis ateniense como un joven alado, sin barba, que controla el timón de un barco.

El Migjorn

En la Torre de los Vientos de la Acrópolis los helenos llamaban al viento del sur Notos, el portador de la lluvia