TEMPORALES Y NAUFRAGIOS

PIPE SARMIENTO DE DUEÑAS

Nací en Bilbao en 1952. Pasé mi niñez entre botes, remos y cabos en una pequeña villa marinera del Cantábrico llamada Plenzia. Me licencié en Derecho en Deusto y pronto cambié la toga por el traje de agua. He escrito de náutica y mar en casi todos los diarios de España. Soy autor, entre otras obras, de la novela ‘Entre el cielo y las olas’, el libro de viajes ‘Por las costas del mundo’, la investigación ‘Expediente Odyssey’ y este ‘Temporales y naufragios’ que ahora ofrecemos en versión corregida y ampliada por capítulos en Gaceta Náutica. Me encontrarás también en pipesarmiento.net

«Hemos perdido al patrón»

Se levantaron por la mañana y descubrieron que el patrón del barco de alquiler había desaparecido. Ninguno de ellos tenía conocimientos para gobernar la nave.

Sucedió a principios de septiembre de 2023. Era de noche cuando se produjo un ruido desacostumbrado en la armonía que reina en la bañera de un velero moviéndose a cuatro nudos sobre unas aguas agitadas por la marejada, lo que hacía perceptible el chirriar de la botavara contra su pinzote. Sin embargo, el sonido que se produjo fue corto y seco, seguido de un prolongado chapoteo que se fue alejando en apenas segundos.

En la cámara, solo Manuela lo advirtió, pero no le dio importancia y se acurrucó de nuevo en su saco de dormir esperando que amaneciera. 

Con las primeras luces, los cuatro tripulantes del velero se incorporaron con lentitud sintiendo el mal cuerpo que, por lo general, se experimenta tras una amanecida en la mar. Alex sacó la cabeza y vio que algo fallaba, que no era normal lo que acaba de contemplar: en la bañera no había nadie; estaba vacía. Y gritó:

-¡No está, no está!

-¿Quién? -respondieron Manuela y Adriana.

-El patrón; ha desaparecido.

En pocos segundos, las dos parejas que habían contratado los servicios del velero con un patrón para ir desde Niza a Córcega estaban en la bañera. Habían zarpado la mañana anterior con viento suave del noroeste y un parte no muy claro pero que no presagiaba un endurecimiento inmediato de las condiciones en la mar. Pero en esa parte del Mediterráneo los humores de las aguas cambian con mucha velocidad a finales del verano, y tanto la Tramontana como las tormentas locales pueden llegar de forma súbita.

De los cuatro jóvenes solo Alex había navegado en alguna ocasión con su abuelo, pero no había tenido tiempo de comprender el complicado manejo del barco más allá de orientar las velas y tensar alguna escota.

Sentados en la bañera, y con el miedo en el cuerpo, trataron de serenarse. Manuela era la más decidida entre ellos: cogió su móvil, pero no tenía cobertura. Marco bajó a la cámara y se sentó en la mesa de cartas buscando las instrucciones de una radio que veía sobre la pantalla de radar; pero no aparecieron, por lo que comenzó a mover los mandos de la emisora en busca de algún sonido que le indicase que funcionaba. Fue inútil.

El viento había arreciado bastante, y el velero se movía a seis nudos hacia una mancha oscura situada en la proa. Las velas portaban a ratos, flameando y dando golpes violentos contra el palo, provocando que el barco navegase de forma desordenada.

-Creo que si soltamos un poco esa vela irá hacia proa y navegaremos mejor -propusoAlex, recordando las enseñanzas de su veterano abuelo, anhelando no haberle prestado más atención a pesar de las pocas ocasiones en las que pudo navegar con él.

-Y esta otra es mejor tensarla para que la vela grande no se mueva de un lado al otro -dijo Marco tirando de la escota de la mayor y por pura lógica, no porque supiese navegar. Era ingeniero aeronáutico y su cabeza funcionaba en la búsqueda de algo que le ayudase.

Con esas dos simples maniobras el velero atemperó las guiñadas y por tanto los ruidos. Manuela y Adriana subieron a cubierta envueltas en sus chaquetones con unas galletas y una bolsa de patatas fritas que repartieron con sus compañeros.

-¿Qué vamos a hacer? -preguntaron las dos al mismo tiempo.

-De momento nada -respondió Alex-; vamos hacia la costa de Córcega, es la mancha que hay a proa.

El barco siguió navegando hasta el anochecer cuando las luces de la costa comenzaron a ser visibles y las rocas de los acantilados fueron tomando sus fantasmagóricas formas.

-Dentro de un rato bajaremos las velas y dejaremos que el viento nos empuje -expuso Alex-; sé cómo hacerlo: solo hay que soltar la driza de la grande y enroscar la de delante con ese cabo que va al tambor que hay sobre el ancla. Cerca de la costa tendremos cobertura para los móviles y podremos pedir ayuda. Prepararemos el ancla para soltarla y no irnos contra las rocas. El abuelo siempre dice que el fondeo es algo muy importante.

Y eso hicieron; en dos horas pudieron encender sus teléfonos para llamar a un número pegado en el mamparo de la mesa de cartas junto a un SOS muy grande. Una voz respondió y, en inglés, que los cuatro jóvenes hablaban muy bien, informaron de su situación. El Cros de Toulouse avisó a los servicios de rescate de la isla de Córcega, desde donde zarpó una de sus unidades hacia el lugar donde el radar y la telefonía habían fijado su posición a través del GPS del móvil.

Alex y Marco todavía no habían soltado el ancla por encontrarse a bastante distancia de la costa. El viento había descendido y, al haber arriado las velas, el barco se movía a menos de dos nudos, por lo que su deriva casi se había detenido.

Menos de una hora después se dejaron ver las fuertes luces de los focos del  barco de rescate; se acercó despacio, emitiendo golpes de sirena. En la cubierta había tres rescatadores con cabos y bicheros en las manos. Se abarloaron, transbordaron a los cuatro jóvenes al barco de salvamento, y una de sus tripulantes, que dijo llamarse Marie, bajó al velero para llevar su timón durante el remolque.

Al llegar a puerto recibieron la noticia de que un transbordador había recogido el cuerpo sin vida del patrón con su chaleco salvavidas hinchado, lo que permitió que lo pudieran ver flotando en la mar.

CONCLUSIÓN

Son miles las ocasiones en las que la gente se embarca en veleros de alquiler con un patrón en diferentes partes del mundo. Y, la mayor parte de las veces, a nadie se le ocurre que pueda pasar algo como lo narrado. Pero ha pasado muchas veces, y las posibilidades de que todo acabe bien, como en este caso, son escasas pues, ni siquiera se suele cuestionar la capacidad  del patrón del barco; a primera vista todos parecen verdaderos lobos de mar.

Se alquilan barcos en mares tropicales por gentes que solo han sido informados a través de anuncios manipulados en los que siempre da la impresión que se trata de algo lúdico y maravilloso. Y que la mar es un plácido lugar siempre tranquillo donde solo reina el placer y la armonía, aunque nunca sea así. La mar es un elemento muy duro en la que se pasan más horas de trabajo y sufrimiento que de placer y divertimento; sobre todo cuando hacemos navegaciones de varios días.

Debería ser obligatorio que los tripulantes de un velero con patrón aprendiesen antes de zarpar aspectos básicos de las maniobras; conceptos elementales como poner en marcha el motor, bajar las velas o fondear; pero sobre todo un curso acelerado de supervivencia y medidas de seguridad como chalecos salvavidas, balizas, puesta en el agua de la balsa, comunicaciones de VHF, o el uso de bengalas y luces de ayuda. En navegaciones costeras los modernos teléfonos móviles tienen un GPS que solo con llamar dará nuestra posición exacta.

Sé que en Mallorca al menos un par de agencias de alquiler de veleros realizan planes de contingencias cuando son varios los que embarcarán con un patrón. Es fundamental saber con quién navega uno; la mar no es como la carretera, donde los chóferes profesionales suelen ser diestros y estar sometidos a evaluaciones. Deberíamos preguntar por la experiencia de quien se convertirá en el patrón de nuestro velero de alquiler.

A lo lago de mis más de cincuenta años de mar nunca dejo de aprender, y voy sintiendo mis limitaciones a la hora de abordar largas travesías solo con mi mujer. El tiempo no perdona, pero si pretendemos ser buenos marinos, hemos de aceptar dichas limitaciones que llegan con los años. El patrón francés que cayó por la borda tenía 67 años; desde mi punto de vista demasiados para hacerse responsable de un velero con dos parejas de neófitos sin experiencia. En estos casos debería ser obligatorio contar con la  ayuda de alguien más joven para realizar las maniobras, en las que la movilidad sea fundamental. Una cosa es saber de mar y vela, y otra muy distinta llevar a cabo movimientos por el velero sin correr riesgos.

Como consejo final decir que nunca debemos quedarnos solos en la bañera; menos aún sin el arnés de seguridad, como en otro caso que conté. Los buceadores con botellas de aire comprimido decimos que en el buceo la unidad es la pareja. Pues en la navegación, sobre todo a partir de cierta edad, deberíamos aplicar el mismo concepto.

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