LA TRIBUNA DE LA MAR

MIGUEL FÉLIX CHICÓN RODRÍGUEZ

Nacido en Tánger en 1960, las travesías del Estrecho de Gibraltar realizadas siendo niño le dejaron un poso que le llevó a cursar, años más tarde, estudios de capitán de la marina mercante en Palma y Barcelona. Desde 1978 hasta 1994 navegó como oficial en buques petroleros, en frigoríficos, como alférez de fragata en la Armada española y ejerció el mando de buques de pasaje, de tipo ferry y embarcaciones de alta velocidad. Desde 1996 es jefe del Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo en Palma.

La Armada se deshace

El testimonio del piloto de la San Antonio, tras amotinarse y regresar a España, hace que se dé por perdida para siempre la Armada de las Especias y por fracasado el intento de hallar un paso que una Océano Atlántico y Mar del Sur

La Tabula Magellanica de 1635, uno de los mapas que trazaban los perfiles del Estrecho de Magallanes.

Aonikenk, tehuelche o patagón:  habitante de la Patagonia avistado por primera vez en Puerto San Julián.

Durante los cinco meses que la Armada de las Especias permanece en el Puerto de San Julián, aparte de reparar las averías, Magallanes ordena a la Santiago, la más pequeña y ágil de las naves, que navegue y explore hacia el sur buscando el paso. Pero una gran tormenta hace que naufrague en las cercanías de la Bahía de Santa Cruz mientras vuelve para comunicar que no ha encontrado paso alguno. Toda su tripulación logra ponerse a salvo en tierra, menos un grumete. El capitán, Juan Serrano, dispone que parte del grupo se refugie en la recién descubierta bahía, que otra parte permanezca próxima al lugar del naufragio para recuperar todo lo posible de la Santiago, y que dos de los hombres más fuertes emprendan una dura y larga caminata, atravesando lagunas heladas y zonas llenas de maleza, hacia Puerto San Julián, para dar aviso al almirante. ¡Estos dos hombres recorren más de 100 kilómetros en apenas 10 días! Toda una gesta. Cuando, exhaustos, informan a Magallanes, este dispone una expedición que logra rescatar a todos los supervivientes, a los que se les da destino entre las otras cuatro naos.

Finalizado el invierno austral, la flota arrumba hacia el sur de nuevo. Recuperan varios pertrechos más de la Santiago en la Bahía de Santa Cruz y el día de Santa Úrsula de 1520 doblan el cabo que da entrada a lo que, por fin, parece que pueda ser el paso. En honor de la santa lo llaman el Cabo de las Once Mil Vírgenes. El angosto canal y los fuertes vientos hacen que el almirante obre con extrema prudencia y dispone que dos de las naves, la San Antonio  y la Concepción, exploren el estrecho, mientras la Trinidad y la Victoria permanecen fondeadas en la bahía. Grande es la alegría cuando, al cabo de varios días, ven llegar las dos naves engalanadas y dando salvas. Parece que ahora sí han encontrado el paso, el agua es salada en todo el canal explorado, hay abundancia de sardinas y la viveza de las mareas lo certifica. Pero aún no han visto la salida al océano.

Magallanes convoca una reunión de todos los capitanes, pilotos y demás cargos importantes. Algunos le advierten de la escasez de víveres, con existencias para tres meses, la mayoría de ellas en la San Antonio, y le recomiendan regresar a España para pertrecharse mejor y volver con otra flota, pero la decisión está tomada: se adentrarán en el Mar del Sur. A la vista de los diversos canales que se van encontrando, el almirante dispone que la Concepción y la San Antonio exploren el canal sureste, mientras las otras dos siguen por el suroeste. De esta forma descubren la deseada salida del estrecho de los Patagones (hoy día de Magallanes) al Mar del Sur y, tal es la alegría de la flota, que llaman al cabo meridional el Cabo Deseado.

Mientras tanto se produce un hecho devastador: el piloto de la San Antonio, Esteban Gómez, que detesta a Magallanes, se amotina contra su capitán, Álvaro de Mezquita, logra hacerse con el barco y, sin que el resto de la flota se percate, regresa a España, donde llega 6 meses después, con 50 hombres. Esta acción hace que las otras tres naves se queden sin la mayor parte de los víveres. El almirante sospecha lo ocurrido y teme por su esposa, pero no pueden perseguir a la más grande y veloz de las naos. A su llegada a España, las manifestaciones de Gómez no pueden ser más desalentadoras: todo ha sucedido por culpa de la tiranía y el empecinamiento del almirante; a pesar de sus denodados esfuerzos en buscarlos en medio de duras tormentas, no volvieron a tener noticias del resto de la flota, que dan por desaparecida en aquellas tierras inhóspitas, habiéndose ellos salvado milagrosamente. Álvaro de Mezquita es hecho preso y encarcelado, mientras se le retira la pensión a la esposa de Magallanes. La Armada de las Especias se da por perdida y por fracasado el intento de buscar un paso que una el océano Atlántico con el Mar del Sur.

«…Que no hay tan diestra mentira, que no se venga a saber» (Lope de Vega)

 

 

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