LA TRIBUNA DE LA MAR

MIGUEL FÉLIX CHICÓN RODRÍGUEZ

Nacido en Tánger en 1960, las travesías del Estrecho de Gibraltar realizadas siendo niño le dejaron un poso que le llevó a cursar, años más tarde, estudios de capitán de la marina mercante en Palma y Barcelona. Desde 1978 hasta 1994 navegó como oficial en buques petroleros, en frigoríficos, como alférez de fragata en la Armada española y ejerció el mando de buques de pasaje, de tipo ferry y embarcaciones de alta velocidad. Desde 1996 es jefe del Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo en Palma.

Magallanes

El almirante, convencido de que la Armada de las Especias es casi invencible frente a los indígenas, urde un plan para someter al jefe Celapulapu. Reúne un grupo de solo 50 hombres con él al frente para enfrentarse a 1.500 guerreros armados con lanzas de caña

Fernando de Magallanes, almirante de la Armada de las Especias

“La confianza es el mayor enemigo de los mortales” (Hécate, reina de las brujas en Macbeth; William Shakesperare)

La buena acogida que la Armada de Las Especias tiene en Filipinas hace que Magallanes, haciendo valer las Capitulaciones de Valladolid, y antes de dirigirse a las Molucas, negocie con los diferentes jefes de las islas que va encontrando; hace que se conviertan a la fe cristiana, quemen sus ídolos y adoren la Cruz. Sus potentes lombardas, sus armas y sus corazas les convierten, a ojos de los indígenas, en seres superiores capaces de abatir a más de cincuenta hombres por cada uno de ellos. Se llegan a considerar casi invencibles. Cada vez que llegan a un nuevo enclave, disparan una salva de lombardas; su atronador ruido aterroriza a los lugareños, que no dudan en declarar su lealtad a tan alto y poderoso rey, en nombre de quien Magallanes actúa.

Todos menos uno. Celapulapu, uno de los señores de Mactán, se niega a obedecer y tributar al rey de España. Magallanes, imbuido de la confianza que le dan su fe cristiana y sus poderosas armas, decide atacarlos. Buen estratega en la mar, no lo es tanto en tierra y, con sólo cincuenta hombres, cree que podrá fácilmente derrotar a los más de mil quinientos indígenas que, armados solo con lanzas hechas de caña endurecida por el fuego, se abalanzan sobre ellos.

Lejos quedan las lombardas que no pueden acercarse porque los bajíos de la playa se lo impiden. Los hombres, armados con sus corazas y cascos, pero con el agua hasta la cintura, avanzan penosamente hacia la playa y pronto son alcanzados en sus puntos débiles: las piernas y los brazos. El griterío es ensordecedor y Magallanes resulta herido. Aún así le da tiempo a ordenar la retirada a sus hombres. En ese momento, sobre él cae un ingente número de indígenas que lo lancean. Su cuerpo inerte es arrastrado tierra adentro y nunca es recuperado. En el lugar de su muerte solo queda su casco adornado de un penacho de plumas. 

La pérdida del almirante causa una profunda desazón en la flota y, sobre todo, en su esclavo Enrique, a quien había prometido la libertad en caso de morir. Nombrado Duarte Barbosa nuevo gobernador, no solo no libera a Enrique, sino que le ordena seguir sirviendo como esclavo. Cumpliendo las órdenes de Barbosa, acude a tierra para negociar con Zula, el señor converso al cristianismo, la entrega de riquezas; en realidad, en connivencia con él, urden un plan para acabar con toda la cúpula de la flota y hacerse con las mercaderías a bordo de los tres barcos.

Zula, habiéndose percatado de que la protección divina no es tal, organiza una gran comida en tierra a modo de homenaje. A ella acuden numerosos oficiales y maestres haciendo caso omiso de una de las premisas del almirante ya fallecido. Cuando les empiezan a obsequiar con joyas, del espesor de la selva aparecen numerosos hombres que acuchillan y hacen presos a cuantos allí están. Se salvan los que no han acudido por desconfiar o por estar enfermos.

Tras abandonar precipitadamente el fondeadero, la situación no puede ser más descorazonadora. De un total de 250 hombres que salieron de España, solo restan algo más de 100, número insuficiente para el gobierno de tres naves. Se decide quemar la más deteriorada, la Concepción, y la flota queda reducida a la Trinidad y a la Victoria. Lo que queda de la flota deambula errática por todas las islas durante meses, valiéndose incluso del saqueo y el pillaje para subsistir. 

Finalmente, la propia tripulación  nombra gobernador y capitán de la Trinidad al fiel alguacil de Magallanes, Gómez de Espinosa, y capitán de la Victoria al marino con más experiencia y sabiduría de los que hay entre ellos, Sebastián de Elcano. Se decide, entonces, arrumbar al destino original, las Molucas, adonde llegan el 8 de noviembre de 1521, con ayuda de pilotos locales, y donde son bien recibidos por su rey, el rajá sultán Manzor, a quien muestran el debido respeto y quien les acoge con hermandad. Por fin se cumple el objetivo de la expedición: alcanzar las Islas de las Especias navegando al oeste. El precio pagado es muy alto, pero se ha alcanzado el objetivo. Ahora solo queda el largo viaje de regreso.

«El martes 12 de noviembre mandó el rey que construyeran una casa para almacén de nuestro tráfico. Llevamos allá lo que nos quedaba; y bien pronto se inició el intercambio». Antonio Pigafetta.

El mar del Sur

Encontrado el deseado paso entre el Océano Atlántico y la Mar del Sur, Magallanes y su menguada armada de tres naos comienzan una de las más duras, largas y terribles travesías afrontadas por el ser humano

La Armada se deshace

El testimonio del piloto de la San Antonio, tras amotinarse y regresar a España, hace que se dé por perdida para siempre la Armada de las Especias y por fracasado el intento de hallar un paso que una Océano Atlántico y Mar del Sur

Motín (I)

¿Qué podía impulsar a un grupo de hombres a amotinarse contra la autoridad establecida por el rey aun a sabiendas de que el castigo era la muerte?

Primus circumdedisti me

En 2022 se cumple el quinto centenario de la primera vuelta al mundo. Así eran las naos que emprendieron la travesía y los hombres que las tripulaban.

Gente de guerra y de pluma

El cabo lombardero estaba al cargo de las culebrinas, falconetes y pedreros, mientras que los arcabuces y resto de armas eran responsabilidad del mayordomo de artillería.

Gente de cabo

Contramaestres, barberos, carpinteros de ribera, calafates, remolares, boteros, proeles, timoneros y alguaciles eran algunos de los especialistas que poblaban las tripulaciones de antaño

La chusma

La RAE la define, en su primera acepción, como «conjunto de galeotes que servían en las galeras reales». Así era la vida a bordo de aquellas embarcaciones.