TEMPORALES Y NAUFRAGIOS

PIPE SARMIENTO DE DUEÑAS

Nací en Bilbao en 1952. Pasé mi niñez entre botes, remos y cabos en una pequeña villa marinera del Cantábrico llamada Plenzia. Me licencié en Derecho en Deusto y pronto cambié la toga por el traje de agua. He escrito de náutica y mar en casi todos los diarios de España. Soy autor, entre otras obras, de la novela ‘Entre el cielo y las olas’, el libro de viajes ‘Por las costas del mundo’, la investigación ‘Expediente Odyssey’ y este ‘Temporales y naufragios’ que ahora ofrecemos en versión corregida y ampliada por capítulos en Gaceta Náutica. Me encontrarás también en pipesarmiento.net

Manual de actuación ante una tormenta eléctrica en la mar

El autor relata su experiencia fondeado en una cala griega, cuando vio partir a un barco que terminó hundido por el impacto de un rayo, y recuerda la enseñanza de un experimentado navegante polaco

Momento de la partida del barco de alquiler que termino hundido por el impacto de un rayo.

Todos los que navegamos hemos sufrido alguna vez uno de estos fenómenos meteorológicos. Sin embargo, nadie nos enseñó como comportarnos. Es verdad que hoy contamos con miles de páginas en Internet que tratan de ello, pero mucho me temo que quienes las escriben lo hacen de oído, sin haberse enfrentado a una gran tormenta con rayos y truenos.

Era septiembre de 2001, navegaba junto a la isla de Ítaca con mi familia y Fabio Hernández, el que fuera propietario de la librería Forza 6 de Barcelona, y su hija Andrea. Habíamos zarpado por la mañana de Meganisi, y estábamos bañándonos en una cala del Sur de Ítaca. A eso de las cuatro de la tarde, el cielo se fue oscureciendo, el aire cada vez más caliente, y la superficie de la mar irradiaba brillos que provenían de un ligero viento terral. A nuestro alrededor se veían las heridas dejadas en los árboles por anteriores tormentas eléctricas, aunque ninguna guía del Jónico decía nada al respecto. Pero la gente de mar debemos saber que septiembre les abre la puerta, dada la alta temperatura del agua acumulada durante el verano.

En menos de treinta minutos se no vino encima un aluvión de rayos y truenos; primero en la distancia, minutos después, muy cerca de la cala donde fondeábamos. La primera reacción fue desconectar las baterías y soltar unos metros más de cadena para que el ancla se fijara mejor al fondo. Luego nos colocamos en el centro de la cámara sin tocar ningún elemento metálico del barco. Nos quitamos relojes y cadenas y, junto con los móviles, los colocamos en el interior del horno, que hace de cámara de Faraday. El día se había oscurecido y parecía que llegaba la noche. Cerramos los tambuchos y dejamos que el tiempo transcurriera.

A solo trescientos metros de nosotros un velero de alquiler, tripulado por unos ingleses, a los que habíamos saludado por la mañana, subieron el ancla, izaron las velas y se hicieron a la mar, momento en el que pudimos hacer la fotografía que adjunto. Por la tarde, cuando atracamos en el puerto de Vathi, capital de Ítaca, supimos que había ardido por el impacto de un rayo, y se había hundido, aunque por fortuna su tripulación pudo ser recuperada por un barco de pesca.

Con el estruendo de cada rayo parecía que una superficie de metal se acababa de partir; era como el chasquido de un látigo golpeando contra el cristal; como si la mar se partiera y dejara pasar toda la energía del mundo bajo ella. Al tocar el agua, los rayos entraban patinando y se esparcían por los alrededores como si su luz viniese de las profundidades. Mirando a través del portillo, cámara en mano, no parecían tan peligrosos, pero su luz te cegaba, capturaba y estremecía. A una distancia de unas tres millas, vimos un rayo impactando contra el transbordador que une la isla con el continente. Fue un fogonazo distante y seco. Más tarde supimos que había cortocircuitado muchos de sus aparatos electrónicos. En la distancia, pudimos sacar una fotografía.

La hora escasa que duró la tormenta la pasamos en la relativa tranquilidad de la cámara, hasta que calmó por completo. Por precaución, y como había fondo suficiente, nos habíamos acercado al acantilado que teníamos a popa, repleto de árboles y rocas, lo que nos dio protección al ser más alto que la perilla de nuestro palo. La mar seguía siendo insignificante, pues el viento había soplado muy tenue y solo por un corto espacio de tiempo. Con cierta premura, pues el horizonte seguía siendo muy negro, subimos el ancla y, a motor, dimos la vuelta a la isla hasta ganar la profunda bahía de Vathi, que parecía no alcanzábamos  nunca. Durante la travesía, que duró cerca de una hora, llovía con intensidad y, de vez en cuando, nos llegaba un trueno lejano, que indicaba que la tormenta se dirigía hacia otro lugar. También vimos el resplandor de rayos lejanos cabalgando por el cielo sin rumbo fijo. Un espectáculo indescriptible que solo se puede vivir desde la mar, y que siempre acentúa tu pequeñez e impotencia.

Ya en el puerto revisamos el velero y, aunque no había caído ningún rayo cerca, es conveniente hacerlo; sobre todo conectar los dispositivos electrónicos y comprobar su correcto funcionamiento. En el punto de atraque que nos dio un marinero de la Armada Griega, teníamos al lado un navegante polaco de considerable edad. Navegaba en un vetusto velero de hierro; daba la impresión de que lo había armado él mismo. Sucio, feo, desangelado, pero era su barco y el lugar donde vivía.  Venía de concluir una vuelta al mundo en cuatro años, y por eso su pésimo aspecto, dijo. Sin embargo aseguró que las partes importantes estaban bien y eran seguras.  Hablamos de la tormenta y los rayos, y nos mostró un palito de metal que parecía un plumero: nunca habíamos visto nada igual. Dijo ser un dispersador de rayos.  Aseguró que servía para que los rayos no cayeran en el velero; que alejaba la electricidad estática. Nos pareció pintoresco, pero no nos atrevimos a ponerlo en duda.

Al regresar a casa, me acordé de aquel plumero metálico que el polaco aseguró que le protegía de los rayos. Con sorpresa, existía; se llamaban disipadores estáticos, y los comercializaban diferentes marcas. Decían que este pequeño artilugio actuaba antes de que se produjese el rayo, disminuyendo casi por completo el impacto contra el lugar donde esta colocado. Hacían hincapié en que debe estar bien colocado sobre un cable que haga de masa, y que lo renvié al agua, tal como lo llevaba él.  Desde entonces llevo uno a bordo y, la verdad, no he vuelto a tener necesidad de él, pero sé que está a bordo, y si lo necesitara, lo colocaría en la popa con su largo cable de cobre trenzado metido en el agua.

CONCLUSIÓN

  •  Si se avecina tormenta, mejor no zarpar.
  • Pero si te pilla en la mar, lo primero que debemos saber es si nuestro barco tiene conexión entre el palo y la quilla. Si no la lleva, puedes poner un trozo de cadena o de cable grueso entre ambos, para que la electricidad se derive al agua a través de la orza. Cuanto menos toque otros elementos, mejor.
  • Es fundamental quitarse los anillos, relojes y cadenas, y meterlos en el horno, pues los aísla. También introduciremos en él los móviles. 
  • Las baterías hay que desconectarlas y, por tanto, todos los aparatos quedarán apagados.
  • Si tienes fondo suficiente y tierra cercana de mayor altura que el palo, cuanto más cerca estés de ella, mejor, pues los rayos buscan el lugar más elevado.
  • Desde luego que nadie debe nadar durante una tormenta. Ni permanecer en la bañera, que está repleta de objetos metálicos.
  • Debemos situarnos en el medio de la cámara sin tocar ninguna parte metálica y dejar que la tormenta pase. Suelen ser de corta duración.
  • Aplicaremos las mismas precauciones en los barcos de motor.
  • Y si nos hacemos con un plumerillo como el del navegante polaco, mejor que mejor.

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