LA TRIBUNA DE LA MAR

MIGUEL FÉLIX CHICÓN RODRÍGUEZ

Nacido en Tánger en 1960, las travesías del Estrecho de Gibraltar realizadas siendo niño le dejaron un poso que le llevó a cursar, años más tarde, estudios de capitán de la marina mercante en Palma y Barcelona. Desde 1978 hasta 1994 navegó como oficial en buques petroleros, en frigoríficos, como alférez de fragata en la Armada española y ejerció el mando de buques de pasaje, de tipo ferry y embarcaciones de alta velocidad. Desde 1996 es jefe del Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo en Palma.

Motín (y II)

«Uno ve más demonios que los que el vasto infierno puede ofrecer».(Shakespeare)

En el Brasil, la situación se suaviza. Se producen momentos reconfortantes para la tripulación. Hay abundancia de viandas y agua con las que aprovisionarse, buena temperatura, playas paradisíacas e inmejorables relaciones con los indios del lugar. Renuevan el agua de los toneles y reparan las averías que los barcos han sufrido durante la travesía.

Pero Magallanes sabe que están en territorio portugués y pronto ordena aprovisionarse al máximo y seguir buscando el paso. Navegan hacia el sur, hacia latitudes más meridionales y con el invierno austral en ciernes. La temperatura cada vez es más baja y se produce la gran decepción al descubrir que el Río de la Plata no es el paso buscado. Aun así, el almirante ordena continuar el viaje hasta que, llegados a Puerto San Julián, sin saber que se encuentra a menos de 200 millas del paso, con escasas provisiones y poco abrigo, decide pasar allí el invierno. Fondeados en una tierra inhóspita habitada por gigantes hostiles, que el almirante llama patagones, se adivinan negros nubarrones sobre la Armada de las Especias.

En la antesala del invierno austral, el día de Pascua de Resurrección, 1 de abril de 1520, el capitán general ordena celebrar la misa en tierra. Todas las dotaciones obedecen pero, de los capitanes, solo acuden Mendoza de la Victoria y Mesquita, primo de Magallanes ahora al mando de la San Antonio. Las cartas están boca arriba y ya solo cabe esperar a que los acontecimientos se vayan desarrollando. Pero Magallanes es un buen estratega y se prepara para afrontar el temporal. Ha jurado lealtad al emperador Don Carlos y, como buen cristiano, debe cumplir y hacer cumplir su juramento. Con plena confianza en su maestre de armas, Gómez de Espinosa, espera el primer movimiento de los que supone van a amotinarse.

Y así sucede. En el curso de la noche los capitanes amotinados, convencidos de que Magallanes es un traidor al rey, logran hacerse con tres de las naos, la San Antonio, la Victoria y la Concepción, causando la muerte del contramaestre de la San Antonio. Pero no es hasta la mañana siguiente, en que varios remeros de la Trinidad se acercan al costado de la San Antonio y reciben como respuesta que no acatan más órdenes que la de su capitán Quesada, que el almirante se percata de la gravedad de la situación. Le llevan una carta en la que invitan a Magallanes a acudir a la San Antonio, oferta que rechaza. Decide no abrir fuego contra ellas, consciente de su menor poderío y del daño que puede infligir a las naves, lo cual pondría en peligro su objetivo. Urde un plan para apoderarse de la Victoria, enviando a Gómez de Espinosa, ya de noche, en un bote, con unos pocos hombres discretamente armados y seguidos de otro bote con más hombres de apoyo, con una carta para Mendoza en la que le conmina a acudir a la Trinidad. Mientras Mendoza lee la carta, es acuchillado por Espinosa, y la dotación de la Victoria proclama su lealtad al almirante.

Ya con tres naos leales, se posiciona en la bahía, de tal manera que impide la salida a mar abierto de las otras dos, y con la corriente de marea a su favor. La San Antonio intenta maniobrar, pero la vaciante hace que las anclas garreen y derive hacia la Victoria, desde donde con una sola andanada de bombardas, y con un grupo de asalto preparado, logran hacerse con la San Antonio. La Concepción no tarda en ser también sometida sin resistencia. 

El cadáver de Mendoza, acusado de alta traición, es colgado boca abajo, arrastrado y descuartizado. La encuesta que se realiza al resto de amotinados no es menos descorazonadora. Cuarenta hombres son declarados culpables de traición y condenados a muerte. Consciente Magallanes de su gran valía como marinos, decide perdonarlos. Para dar ejemplo, no obstante, sólo ejecuta al capitán Quesada. El capitán Cartagena y el adre Reina son desterrados y condenados a permanecer a su suerte en tierra, una vez las naves retomen el viaje. El resto de condenados trabajará con grilletes hasta la partida de la flota buscando el paso una vez finalice el frío invierno austral. Ese paso que está tan cerca pero tan lejos a la vez. 

«El invierno: cruel como la muerte y frío como la tumba». (James Thompson)

Magallanes

El almirante, convencido de que la Armada de las Especias es casi invencible frente a los indígenas, urde un plan para someter al jefe Celapulapu. Reúne un grupo de solo 50 hombres con él al frente para enfrentarse a 1.500 guerreros armados con lanzas de caña

El mar del Sur

Encontrado el deseado paso entre el Océano Atlántico y la Mar del Sur, Magallanes y su menguada armada de tres naos comienzan una de las más duras, largas y terribles travesías afrontadas por el ser humano

La Armada se deshace

El testimonio del piloto de la San Antonio, tras amotinarse y regresar a España, hace que se dé por perdida para siempre la Armada de las Especias y por fracasado el intento de hallar un paso que una Océano Atlántico y Mar del Sur

Motín (I)

¿Qué podía impulsar a un grupo de hombres a amotinarse contra la autoridad establecida por el rey aun a sabiendas de que el castigo era la muerte?

Primus circumdedisti me

En 2022 se cumple el quinto centenario de la primera vuelta al mundo. Así eran las naos que emprendieron la travesía y los hombres que las tripulaban.

Gente de guerra y de pluma

El cabo lombardero estaba al cargo de las culebrinas, falconetes y pedreros, mientras que los arcabuces y resto de armas eran responsabilidad del mayordomo de artillería.

Gente de cabo

Contramaestres, barberos, carpinteros de ribera, calafates, remolares, boteros, proeles, timoneros y alguaciles eran algunos de los especialistas que poblaban las tripulaciones de antaño

La chusma

La RAE la define, en su primera acepción, como «conjunto de galeotes que servían en las galeras reales». Así era la vida a bordo de aquellas embarcaciones.