LA TRIBUNA DE LA MAR

MIGUEL FÉLIX CHICÓN RODRÍGUEZ

Nacido en Tánger en 1960, las travesías del Estrecho de Gibraltar realizadas siendo niño le dejaron un poso que le llevó a cursar, años más tarde, estudios de capitán de la marina mercante en Palma y Barcelona. Desde 1978 hasta 1994 navegó como oficial en buques petroleros, en frigoríficos, como alférez de fragata en la Armada española y ejerció el mando de buques de pasaje, de tipo ferry y embarcaciones de alta velocidad. Desde 1996 es jefe del Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo en Palma.

‘Navigare necesse est’

Ahora que estamos capeando un duro temporal seamos, más que nunca, consecuentes con ello y naveguemos con determinación para arribar todos a buen puerto. Es hora de navegar, es necesario.

Conocedor de la simpatía que los responsables de esta publicación profesan por la famosa frase Navigare necesse est, vivere non est necesse (Vivir no es necesario, navegar sí), y a pesar de los numerosos estudios, ensayos y ocasiones en que se ha analizado y hablado de ella, no me resisto a mencionarla en esta primera colaboración que tengo el honor de redactar para Gaceta Náutica.

Cuenta Plutarco, vinculado a la Academia platónica de Atenas, sacerdote de Apolo en Delfos y uno de los últimos representantes del helenismo, en su obra Vidas paralelas, escritos en los que compara la vida de Alejandro Magno con la del cónsul Cneo Pompeyo Magno, cómo llega a germinarse esa cita. 

Pompeyo, nombrado cónsul tras varias victorias militares que le hacen muy popular, entre ellas la victoria contra la sublevación de Espartaco y, sobre todo, contra la gran flota pirata que diezma la flota romana y, por ende, perjudica muy seriamente el suministro de todo tipo de mercaderías a la Metrópoli, aniquilando casi por completo cualquier vestigio de piratería en menos de un año, se aposenta en Roma durante una temporada, formando parte del Primer Triunvirato junto con Julio César y Marco Licinio Craso.
Pero hete aquí que en el año 56 a.C. se produce una gran escasez de alimentos que hace que el hambre y la miseria azoten las siete colinas y regiones vecinas. Sabedores de que un pueblo hambriento es caldo de inestabilidad, Pompeyo es el encargado de intentar solucionarlo. Llegados a este punto, Plutarco escribe:
«Creado prefecto de los abastos, para entender en su acopio y arreglo envió por muchas partes comisionados y amigos, y dirigiéndose él mismo por mar a la Sicilia, a la Cerdeña y al África, recogió gran cantidad de trigo. Iba a dar la vela para la vuelta a tiempo que soplaba un recio viento contra el mar; y aunque se oponían los pilotos, se embarcó el primero, y dio la orden de levantar el áncora diciendo: “El navegar es necesario, y no es necesario el vivir”; y habiéndose conducido con esta decisión y celo, llenó, favorecido de su buena suerte, de trigo los mercados y el mar de embarcaciones, de manera que aun a los forasteros proveyó aquella copia y abundancia, habiendo venido a ser como un raudal que, naciendo de una fuente, alcanzaba a todos».
Siglos más tarde este lema es acuñado por la Liga Hanseática e incluso por la Marina de la Corona de Castilla, haciendo ver la importancia de la navegación en el devenir de la prosperidad de los pueblos.
Tal vez Plutarco, en un ejercicio filosófico, pone esta frase en boca de Pompeyo como una arenga y la acción de navegar y enfrentarse al temporal para acabar con la hambruna de Roma como un ejercicio de libertad y responsabilidad, asumiendo el riesgo que la acción conlleva pero con el más alto objetivo de alcanzar un bien común. Navegar no sólo se referiría a una nave física en la que embarcamos. Se trataría de nuestra propia vida, a la capacidad de decidir sobre nuestro futuro, de no permanecer anclados y a resguardo en un fondeadero seguro, sino a aventurarnos y a ser capaces de hacer frente a lo que el destino pueda depararnos, con el bien común como puerto de destino. 
Ahora que estamos capeando un duro temporal seamos, más que nunca, consecuentes con ello y naveguemos con determinación para arribar todos a buen puerto. 
Es hora de navegar, es necesario.

La expedición de Loaísa

El emperador Carlos I decide armar una flota al mando de Frey García de Loaisa, formada por siete barcos y unos cuatrocientos cincuenta hombres

Juan Sebastián Elcano

Solo 18 hombres, por fin llegan a Sanlúcar el 6 de septiembre de 1522, totalmente desfallecidos, demacrados, habiendo completado la circunvalación de la Tierra

Ortodrómica

Finalmente, la Trinidad debe quedarse en las Molucas para reparar una vía de agua en la sentina y la Victoria zarpa sola para regresar a España cargada de especias surcando el Índico y bordeando las costas africanas

Magallanes

El almirante, convencido de que la Armada de las Especias es casi invencible frente a los indígenas, urde un plan para someter al jefe Celapulapu. Reúne un grupo de solo 50 hombres con él al frente para enfrentarse a 1.500 guerreros armados con lanzas de caña

El mar del Sur

Encontrado el deseado paso entre el Océano Atlántico y la Mar del Sur, Magallanes y su menguada armada de tres naos comienzan una de las más duras, largas y terribles travesías afrontadas por el ser humano

La Armada se deshace

El testimonio del piloto de la San Antonio, tras amotinarse y regresar a España, hace que se dé por perdida para siempre la Armada de las Especias y por fracasado el intento de hallar un paso que una Océano Atlántico y Mar del Sur

Motín (I)

¿Qué podía impulsar a un grupo de hombres a amotinarse contra la autoridad establecida por el rey aun a sabiendas de que el castigo era la muerte?

Primus circumdedisti me

En 2022 se cumple el quinto centenario de la primera vuelta al mundo. Así eran las naos que emprendieron la travesía y los hombres que las tripulaban.

Gente de guerra y de pluma

El cabo lombardero estaba al cargo de las culebrinas, falconetes y pedreros, mientras que los arcabuces y resto de armas eran responsabilidad del mayordomo de artillería.

Gente de cabo

Contramaestres, barberos, carpinteros de ribera, calafates, remolares, boteros, proeles, timoneros y alguaciles eran algunos de los especialistas que poblaban las tripulaciones de antaño

La chusma

La RAE la define, en su primera acepción, como «conjunto de galeotes que servían en las galeras reales». Así era la vida a bordo de aquellas embarcaciones.

El Ponent

Cada puesta de sol era admirada, pero no era capaz de ver el rayo verde. Tampoco es que tuviese mayor importancia, pero es cierto que me generaba dudas hasta de su existencia

El Llebeig

El viento del sudoeste para los helenos, uno de los Anemoi Menores, estaba representado en la Torre de los Vientos de la Acrópolis ateniense como un joven alado, sin barba, que controla el timón de un barco.

El Migjorn

En la Torre de los Vientos de la Acrópolis los helenos llamaban al viento del sur Notos, el portador de la lluvia

El Xaloc

El amanecer de Sirius por el sureste, por el xaloc, ya era muy celebrado por los egipcios, que la consideraban el Ojo del Cielo.

El Gregal

Tenemos que considerar su origen latino y situarnos en un punto imaginario central del Mare Nostrum: es el viento que sopla desde Grecia

La Tramontana

El único viento con nombre femenino, que deriva del latín transmontanus, de más allá de las montañas, ya sean los Alpes o los Pirineos

La Rosa de los Vientos

Su invención se atribuye al mallorquín Raymundus Llullius (Ramón Llull) basándose en trabajos descritos en el Libro II de Geografía Fisica, de Plinio El Viejo