MENSAJES EN BOTELLAS

OSCAR SICHES

Navego desde los 6 años. Soy graduado del Liceo Naval en Argentina. Participé en cuantiosas regatas locales y algunas internacionales, y entre los 18 y los 29 años instalé circuitos eléctricos, reparé motores y monté neveras y congeladores en yates. Conozco bien el Mediterraneo. Fui gerente técnico de Sunseeker Alemania en Port Adriano hasta el 2000. En 2001 comenzó mi etapa de puertos deportivos como socio gerente del Pantalán del Mediterraneo y luego, en 2011, el Moll Vell.

Nirvana de molusco

Pep tiene a mano una grúa de madera con una cuerda de mejillones y otra de ostras. Los alza, nos muestra, nos hace tocar. A mí ya me parece estar con Cousteau.

Mejillonera en el Delta del Ebro.

Si me llega a pillar un monje budista, me va a decir de todo menos guapo, porque eso de asociar el Nirvana con ostras y mejillones es muy poco religioso o ganado con la práctica de la virtud, aunque soy testigo de charlas y relatos en los que experiencias con estos bichos fueron juzgadas como éxtasis gastronómico, que suena a Sor Juana Inés de la Cruz comiendo sushi bendito o algo por el estilo.

Pues resulta que mi amigo Nico, director del puerto deportivo de San Carles de la Rápita, justito bajo la desembocadura del Ebro, sabiendo que estaba visitando el Salón Náutico de Barcelona, me invitó a ver el (su) puerto, que por una u otra cosa no había podido visitar yo antes.

 

Allí nos vamos un lunes nublado de octubre, charlando de lo que charlan los de nuestra industria: concesiones, autoridades, leyes insufribles de Marina Mercante, el mal rollo con algunas capitanías, hubiéramos podido llegar a Málaga con temas a tratar, pero de repente estábamos allí. Muy bonito el puerto y la ciudad (me lo esperaba), que celebraba su fiesta marítima y agraria, Orígenes, en un San Carles de la Rápita bien señalado, amplio, de espacios diáfanos y enamoramiento rápido.

Nico me había hablado de una excursión que íbamos a hacer a Musclarium. Pronunciaba el nombre con un dejo de admiración y respeto, con lo que enseguida le manifesté mi aversión al pescado y los mariscos (una tara de pequeño) para evitar ofender. Recorrimos las instalaciones de la marina, una monada limpia, ordenada y muy bien equipada, incluyendo una piscina infinity con vistas a los pantalanes llenos. Embarcamos en una motora de unos 7 metros y salimos a navegar. Recorrimos parte de la bahía (que es reserva natural), el club náutico, sacamos la proa a mar abierto con una marejadilla cuyo tembleque generado al casco aumentaba la sensación de velocidad. Entonces comencé a ver esas decenas de zonas rectangulares pilotadas, coronadas con un reticulado que les daba el aspecto de esqueleto de una nave bajita, de donde penden cuerdas en las que se fijan mejillones y ostras para su crianza.

Les llaman mejilloneras genéricamente, aunque la cuarta parte se ocupe con ostras. Son una cantidad enorme de ambos moluscos. 90 mejilloneras, 3.000 toneladas anuales de mejillones y 1.000 de ostras. Si quieren contarlos de a uno para comprobar, ármense de mucha paciencia: 3.000 toneladas son, más o menos, 210 millones de mejillones. El agua es limpia pero turbia por los sólidos en suspensión que trae el Ebro, y gracias a ello es también la nutriente perfecta para estos bichos.

Llegamos al primer restaurante fundado allí, en medio de la bahía, construido sobre una mejillonera. El Musclarium mide unos 20 metros por 40. Es una caseta baja con un muelle pequeño, todo en madera; es una edificación noble e integrada. Nos recibe Pep, que está preparando las mesas para la comida. Una caña a cada uno y me empieza a contar: los mejillones tardan nueve meses en crecer, las ostras el doble.  De los mejillones se extraen las larvas a mano para colocarlas en cuerdas libres y que allí crezcan. Las ostras se cementan de a tres en las cuerdas. Los mejiññones hay que atenderlos, mantenerlos, aireándolos de vez en cuando, y protegerlos con unas mallas muy finas de los peces que vienen a comerlos cuando son jóvenes.

Pep tiene a mano una grúa de madera con una cuerda de mejillones y otra de ostras. Los alza, nos muestra, nos hace tocar. A mí ya me parece estar con Cousteau. Pep sabe porque lo vive cada día, y además le gusta. Tienen una lancha lanzadera que zarpa de los muelles de la ciudad y se lo pone fácil a los clientes. Los aseos del restaurante son químicos, como los de las ferias náuticas, y se descargan con una embarcación que se acerca al efecto.

Estoy viviendo una vuelta a las fuentes, todo lo que me rodea son elementos nobles: madera, papel, mar, aire. Los llenos absolutos son casi permanentes. Además, me encontré con un alcalde y un delegado de Ports de la Generalitat de diferente color pero metas comunes y ganas de hacer en lo que a náutica se refiere, e integrarla con la ciudad.

El alcalde llega sin pompa, y no me refiero a pompa externa, esa de coche, chofer y secretario, y traje oscuro y corbata supuestamente confirmando su sapiencia infinita, no: su presencia ni impone ni pretende hacerlo. Llega a tiempo, paso contento, vestido de persona normal y sin ningún tipo de pose, tiene algo de barriga, es una imagen simpática, su sonrisa es auténtica. Bebe Cola Zero.  Da la impresión de estar disfrutando el momento. Nos cuenta que el principal comprador de los moluscos es Francia, que los envasa y los exporta a España.  Se descojona mientras lo cuenta pero hay un dejo de tristeza cuando expresa: "A veces somos muy tontos, siempre hemos considerado mejor lo de afuera".

El delegado de Ports de la Generalitat parece algo introvertido, sabe que con la normativa actual es poco lo que puede hacerse, pero su charla prescinde de lo negativo y tiene tono de esperanza. Conoce la escala jerárquica de PdG al dedillo y las probabilidades de innovar en cada caso. Le conté que hace unos cuantos años, un gerente de Ports sugirió a la asociación de puertos deportivos y turísticos de Cataluña que no se me invitara más a las jornadas técnicas. Mi comentario, el que generó esa reacción, había sido pedir encarecidamente a los organismos portuarios de Cataluña que no siguieran el ejemplo de los de Baleares, que en esas fechas ocupaban las primeras planas por cargos de corrupción.

Qué bonito es llegar a un lugar donde se sabe uno bien recibido. Estábamos en esa mesa como si nos conociéramos hacía 20 años. Tan poco político fue el almuerzo que no nos hicimos ninguna foto.

A San Carles de la Rápita va mucha embarcación de Baleares a hibernar. Está a 100millas de Andratx, 25 millas más que ir de Palma a los Freus de Ibiza, una distancia menor que dar la vuelta a Mallorca. Los precios, desde un amarre a una comida en el pueblo, baratísimos comparados con Baleares. Vale la pena atreverse y poner desde Andratx proa al 307 (o E-ENE para los clásicos), ir a comer en las mejilloneras y entrar en el Nirvana.

¿Y si llevamos un par de políticos nuestros a ver si se contagian?

Quid pro quo

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Incongruencias

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