TEMPORALES Y NAUFRAGIOS

PIPE SARMIENTO DE DUEÑAS

Nací en Bilbao en 1952. Pasé mi niñez entre botes, remos y cabos en una pequeña villa marinera del Cantábrico llamada Plenzia. Me licencié en Derecho en Deusto y pronto cambié la toga por el traje de agua. He escrito de náutica y mar en casi todos los diarios de España. Soy autor, entre otras obras, de la novela ‘Entre el cielo y las olas’, el libro de viajes ‘Por las costas del mundo’, la investigación ‘Expediente Odyssey’ y este ‘Temporales y naufragios’ que ahora ofrecemos en versión corregida y ampliada por capítulos en Gaceta Náutica.

Prisionero de su barco: 48 horas bajo la quilla y sin traje de agua

John Hutley decidió hacerse a la mar a pesar de que el parte no era bueno. Su sangre fría mientras aguardaba el rescate le salvó la vida.

La embarcación de Tony Bullimore sufrió un naufragio similar al que aquí se relata en los 40 Rugientes.

El primer naufragio que voy a relatar, por su peculiaridad, es uno de los más extraños. Corría el año 1976, aquel que nos deparó otro sonado naufragio, el del petrolero Urquiola. La forma en la que sucedió y los reflejos de sus protagonista lo convierten en un hecho extraordinario. 

Hutley, un veterano marino de Nueva Zelanda, zarpó de madrugada en una embarcación a motor con cabina de ocho metros de eslora. Amanecía en la bahía de Gisborne con un despliegue de luces suaves que se enredaban con los trazos de unas nubes plomizas que cubrían el cielo.

Antes de zarpar consultó el parte meteorológico que el encargado de su club náutico había colocado en el tablón de anuncios el día anterior. La previsión no había sido buena: los meteorólogos dudaban de los efectos que produciría una depresión primaveral. Pero una semana sometido a los rigores de su despacho rodeado de papeles, le animaron a emprender ese necesario contacto con la mar, rejuvenecedor y medicinal.

Tardó poco más de diez minutos en poner el motor en marcha y largar amarras. Detrás quedaron los pantalanes y las luces de posición del puerto. La mar, en calma total por la ausencia de viento, permitía que la embarcación apenas se frenase con las aguas dejándola avanzar a ocho nudos, impulsada por su motor de cuatro tiempos.

John, que así se llamaba nuestro héroe, observaba detrás del parabrisas la costa circundante con los ojos entornados castigados todavía por el sueño. De vez en cuando levantaba la vista hacia el cielo con la intención de cerciorarse de su estado: aparecía aplomado, quieto, misterioso, sin que el color ni la forma de sus nubes le incitasen a presagiar nada malo.

El aire olía a lluvia: en la mar, los olores advierten de muchas cosas, pues desprende un perfume a humedad y campo mojado. Hutley, que navegaba desde niño, sabía todas estas cosas; es más, las sentía.

La embarcación dejó por estribor la isla Mahía Pen. Su silueta permaneció bañada por la luz de amanecer. Sobre ella, las gaviotas alborotaban disputándose los peces que atrapaban en arriesgados vuelos. El que las aves no se apartasen del acantilado era una premonición. En mi Plenzia casi natal se dice:  Gaviotas por la ría mal día; gaviotas en la mar, pescadores a pescar.

Pero, al igual que la meteorología se mostraba reacia a enseñar sus cartas, tampoco las gaviotas definían su conducta: seguían junto al acantilado y se sumergían desde él, pero no acababan de volar mar a dentro. Él sabía que, en esos casos, era mejor no alejarse, pero sus ansias de pescar le llevaron a ignorar el claro comportamiento de las aves.

Ya en mar abierto preparó los aparejos de pesca y, durante dos horas, caceó sobre la sombra de un bajo marcado en su carta de navegación. El ambiente se fue haciendo cada vez más denso. John comenzó a inquietarse. Bajó a la cámara y miró la aguja del barómetro: en tres horas había descendido sesenta milibares; una barbaridad. Estaba a veinte millas de la costa. La mar estaba vacía, desprovista de barcos y sonidos.

Un rayo partió la grisácea monotonía del horizonte. Le siguió un estruendo hueco y lejano. La lluvia comenzó a caer con fuerza. John se puso el chubasquero, recogió los aparejos, aceleró el motor hasta un poco más de media máquina y puso rumbo al puerto. Una tupida cortina de agua le cerraba la visión. A través de ella, pudo ver el fragor de los rayos pasando muy cerca de él. El viento había aumentado hasta los veinticinco nudos, aunque las rachas llegaban a los treinta.

Cada vez que una ola llegaba contra la embarcación, abría un poco el rumbo, cortaba gas y esperaba a que la inercia de la masa de agua le impulsase. Manejaba desde el interior, sujeto a la mesa de cartas por un cabo que había pasado por su cintura.

Fuera, parecía que el día hubiese tocado a su fin. La conjunción del aguacero y las espumas que desprendían las olas le mantenían ciego. El barco se comportaba moderadamente bien, pero no era capaz de avanzar a más de tres nudos. Incluso a esa velocidad había momentos en los que era excesiva. Largó por popa varias estachas con la intención de que el barco frenase un poco la marcha. El eterno dilema de todo marino frente a un temporal: había que encontrar la velocidad justa, de lo contrario volcaría: ni demasiado lento para permitir que le alcanzasen las rompientes, ni demasiado rápido que sobrepasara la velocidad de las olas, y pasase por ojo.

Barco volcado Mallorca

Motora recientemente volcada en aguas de Mallorca.

Un ruido, que se impuso sobre los otros sonidos que escuchaba le paralizó. Apenas tuvo tiempo de mirar a popa. Para cuando se dio cuenta de lo que había pasado, sólo vio agua. En un acto reflejo tomó aire al máximo de la capacidad de sus pulmones y se dejó arrastrar. Después, ya no supo hacia dónde se movía. Conservando todo el aire que fue capaz de retener en sus pulmonesn, esperó a que la mar le librase de su garra. Como no lo hacía, nadó hacia arriba. Sacó la cabeza y tomó aire, pero no vio luz. ¿Dónde estaba? Advirtió que con la cabeza tocaba las cuadernas de la embarcación. Tardó unos segundos en darse cuenta de que había volcado. Un terror frío recorrió su cuerpo.

El barco se movía de forma desmesurada. Respiró varias veces para acompasar su corazón. Ni un solo rayo de luz entraba en su forzado refugio. Tanteó con las manos hasta dar con el tambucho de proa, en el que guardaba los trajes de tormenta y los chalecos salvavidas. Poniendo el pie en una de las bancadas remontó unos centímetros sobre el agua hasta quedar encajado en la repisa que formaba un mamparo contra las varengas.

Fuera del agua ya, trató de recomponer la situación, y no era buena. Con la mar que se había formado y a tanta distancia a la costa iba a ser muy difícil que lo encontrasen. Escuchaba el ruido ensordecedor de las olas cuando incidían sobre el casco ampliado por el eco. Algo pasó junto a él flotando: alargó la mano y tanteó en la oscuridad: el recipiente plástico en el que había traído la comida llegó hasta él.  No veía nada y el frío le hacía tiritar. Extrajo dos chalecos salvavidas del tambucho de proa y los colocó sobre el pecho.

En el exterior, a la luz de un día plomizo barrido el aire por la tempestad, la quilla aparecía y se ocultaba al ritmo de las olas como si se tratase de una gran tortuga que descansase. John cerró los ojos y trató de no pensar; lo que tendría que llegar sería. Pasaron las horas, y su reloj fue marcando, con una desesperante lentitud, el paso del tiempo. Cuando transcurrieron las primeras veinticuatro horas en aquel catafalco su ánimo se había doblegado. Pero seguía flotando, y eso era lo importante. Los componentes metálicos como el motor y otros pertrechos, no eran lo suficientemente pesados como para mandarlo al fondo. Los tablazones de roble empapaban muy poca agua debido a lo apretado de sus anillos corolarios, así que, mientras flotase, tendría alguna posibilidad de sobrevivir.

Permanecía alejado del agua acurrucado entre las varengas. Sólo de vez en cuando, y tras un violento cabeceo de su nave invertida, el agua trepaba por sus piernas y brazos.

-Salió al amanecer  -dijo con rotundidad el guarda del puerto.

-¿Y no vio el parte?  -le inquirió el jefe de rescates marítimos.      

-No lo sé, yo sólo puedo decirle que le vi partir a eso de la seis. Creo que iba al bajío de Ros. Suele pescar allí.

-Salgamos -ordenó el policía a los dos marineros que le acompañaban.   

El barco de salvamento puso rumbo al sur navegando con dificultad entre las aguas. En poco más de dos horas llegaron al lugar, pero no pudieron acercarse demasiado debido al poco fondo existente y, por lo tanto, a las impresionantes rompientes que lo cubrían. Durante una hora navegaron en círculo sin detectar nada que les hiciese suponer que un ser humano podría moverse por allí. Las olas se alzaban en ocasiones a más de cuatro metros de altura, y el viento desbarataba sus crestas como si fuesen papel de seda. Aunque la nave de salvamento era insumergible, ninguno de sus tripulantes iba del todo tranquilo. A eso de las seis decidieron volver a puerto. Cuando dieron popa a la mar todo se tornó más asequible. A medida que arrumbaban a puerto, el viento se fue mitigando hasta convertirse en un fuerza cuatro manejable.

El agua ya no le cubría las piernas a John; por ello, dedujo que la mar estaba bajando y que el temporal amainaba. Lo que le animó a comer el último pedazo de plátano que le quedaba y a dar una cabezada. Al despertar, apenas se desplazaba, pero notó que el aire estaba enrarecido y le costaba respirar. Cada cierto tiempo hacía ejercicios con el cuello y las articulaciones para que no se entumecieran. Y respiró como cuando le enseñaron a bucear con botellas de aire comprimido: muy despacio, dando importancia a la inspiración y a la expiración: le quedaba poco aire del cual atrapar su oxígeno y debía alargarlo todo lo que pudiese.

-Estén atentos -precisó el capitán-. La corriente y el viento han venido de la misma dirección, así que, con toda seguridad y de haber sobrevivido, no puede estar a más de diez millas de la costa.

-¿Quién? -preguntó uno de los marineros-, ¿el barco o John?

-Qué más da; cualquiera de los dos. Aunque creo que será el barco lo único que podamos hallar.

De pronto, un grito se escuchó sobre el puente.

-¡Allí hay algo que flota! -exclamó un marinero.

-¿Dónde? -preguntó.

-A estribor.

-Ya lo veo. Que uno vaya a proa con el bichero. Creo que es madera a la deriva. Comprobaremos si procede de un bote.

La embarcación se fue acercando a poca máquina. Cuando llegaron a unos metros, pudieron comprobar que se trataba de una embarcación volcada.

-Es la de Hutley -aseguró unos de los marineros.

John, escuchó el sordo ronroneo de un motor. Por unos instantes pensó que soñaba pero, al recobrar el ánimo, adormecido por la falta de aire puro, dedujo que le habían encontrado.

Tenía que salir a la superficie, pero le fallaban las fuerzas. Había perdido la orientación: no sabía dónde estaba la proa y dónde la popa. Tendría que esperar a que alguien le viniese a socorrer.   

Con la mano derecha golpeó el casco del bote, pero el mero movimiento de sus miembros le suponía un esfuerzo titánico. Aún así, continuó haciéndolo.

No podremos adrizarlo -dijo el capitán-, es demasiado pesado. Necesitamos un remolcador.

-En menos de cinco minutos el buzo estuvo en el agua. Se colocó el regulador en la boca, y desapareció de la superficie. John escucho un seco golpe en el barco. Movió los ojos pensando que pudiera tratarse de una fiera abisal, pero lo que vio fue un destello luminoso. Cuando la cabeza del buceador apareció sobre la amarillenta superficie cerró los ojos.

Cuando ambos aparecieron en la superficie, los otros dos ocupantes del barco de salvamento apenas podían dar crédito a lo que estaban viendo: un aturdido y barbudo Hutley sonreía con la boca repleta de ese aire que se negaba a exhalar por temor a que no hubiese más. Despacio, muy despacio, lo fue tirando. Y dijo,

-Gracias, amigos, gracias.

El barco de los salvadores dejó una boya de señales sujeta al casco tras tomar latitud, longitud y hora. En el cuaderno de bitácora, el capitán realizó unos simples cálculos, según viento, corriente y oleaje, para determinar el previsible movimiento del pecio hasta que un barco mayor pudiese reflotarlo.

Tony Ballimore, quien sobrevivió tras cinco días bajo el casco de su velero, con Pipe Sarmiento.

CONCLUSIONES

Son varias las enseñanzas que podemos extraer de este naufragio. En primer lugar, y  es  la más importante, hay que supervisar la fecha de los partes meteorológicos que, a veces, envejecen colgados del tablón de anuncios de un club o puerto deportivo. Todos los que navegamos nos hemos encontrado con este grave problema. Aunque es verdad que hoy podemos leerlos en el móvil. Para mí los mejores son los que emite la empresa francesa METEOCONSULT. Pero nunca debemos hacernos a la mar sin al menos echar un vistazo al parte; aunque sea para realizar una navegación costera. Hoy son precisos y nos preparan para la travesía que vamos a emprender.

El milagroso rescate de Hutley se produjo por su sangre fría, pues no es fácil dominar la claustrofobia y las ganas de salir a la superficie; pero, de haberlo hecho, no habría sobrevivido las 48 horas que pasó bajo la quilla de su embarcación sin un traje de supervivencia; permanecer en la burbuja de aire que se originó por el vuelco fue su mejor refugio. Después, cada cual ha de saber controlar su mente: soñar, imaginar, o cantar, son buenas ideas para no pensar demasiado. Buscar algo de comer también fue fundamental, así como que fuese buceador y supiera racionar el aire con respiraciones lentas y pausadas. Al escuchar el sonido del motor de un barco que se acercaba, mantuvo la serenidad, y se dio cuenta que no debía salir de su refugio dado lo confuso que estaba.

El estado de abotargamiento que produce la intoxicación por anhídrido carbónico podría haberle inducido a nadar para abajo en lugar de hacia la superficie. También fue muy acertado hacer ruido con todo lo que tuvo a mano para alertar a los rescatadores.

El marino oceánico Tony Bullimore, recientemente fallecido, vivió una experiencia similar en 1997 en los rugientes cuarenta, siendo salvado por la Marina Australiana, tras pasar cinco días dentro del casco: me lo contó personalmente, y adaptó idéntica actitud que John. A partir de ese momento, los barcos de la Vendée Globe y los grandes trimaranes de regata llevan una escotilla en la popa que les permite salir por ella en caso de vuelco.

Es verdad que con las embarcaciones de motor, que tienen muy poca obra viva bajo el agua, es muy difícil correr temporales; además, sus popas de estampa les hacen de vela y es más complicado mantenerlas a rumbo. Por eso, si alguna vez hay que correr un temporal lo mejor es soltar cabos por la popa, que frenarán la marcha, teniendo mucho cuidado de no enredarlos con las hélices. Lo mejor es usar un ancla de capa, algo fundamental en toda embarcación de motor que navegue a cierta distancia de la costa.

Y, sí, estoy de acuerdo, tuvieron suerte, pero de nada les hubiera servido si no hubieran actuado con la serenidad que lo hicieron. Por eso, en navegaciones que no sean costeras debemos llevar un traje de supervivencia y ponérnoslo a nada que el tiempo empeore: nos mantendrá calientes, nos dará seguridad y flotabilidad si tenemos un accidente. En la mar siempre debe primar la calma y la reflexión ante los imponderables, pues nos permitirá tomar las mejores decisiones.

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