AZUL DE ULTRAMAR

SABINA PONS

Padre mallorquín, madre alemana. He crecido junto al Mediterráneo. Soy licenciada en Ciencias de la Información y Graduada en Historia del Arte.

Y qué le voy a hacer si yo...

Sorolla nos retrotrae a la euforia de la libertad, la sal en los labios, las arrugadas yemas de los dedos y las bicicletas sin candado en esta obra llena de luz y movimiento

El bote blanco. Jávea (1905), de Joaquín Sorolla. Óleo sobre lienzo. Colección particular.

Esta es la imagen de los veranos de nuestra infancia. Contiene las mañanas de baños y juegos, las soñolientas tardes de pausa obligada por el ominoso y nunca manifestado (como todo buen fantasma) corte de digestión y los atardeceres en los que apurábamos el mar hasta el límite de la paciencia adulta (“¡O sales ahora mismo o entro a buscarte!”).

No hay que recurrir a los álbumes familiares, basta con echarle un vistazo a esta obra de Sorolla y regresa todo: la euforia de la libertad, la sal en los labios, las arrugadas yemas de los dedos, la bicicleta sin candado. Puede ser Jávea (“Sublime, inmensa, lo mejor que conozco para pintar”, le cuenta a su mujer, Clotilde, en una carta), pero también S’Arenal, o Cala d’Or, o Ibiza; puede ser la imagen de cualquier niño que haya crecido junto al mar. 

El pintor valenciano tenía por costumbre trabajar al aire libre. La fotografía está fechada en 1916 y en ella se le ve pintando Niños en la playa, cuadro adquirido en 2013 por un coleccionista que pagó 3,24 millones de euros en la subasta organizada por Sotheby’s en Londres.

Ya sumergidos en la emoción rescatada, detengamos la mirada en algunos detalles. Fijaos en cómo Sorolla sale airoso del desafío que supone captar la descomposición de los cuerpos sometidos a una doble oscilación, la del agua y la de la luz. Es casi un “live” en el que la disposición de las pinceladas crea una ilusión de movimiento. Hambrienta, nuestra mente completa la escena: percibimos el pataleo furioso del niño que se cuelga de la proa, los gritos del compañero que trata de arrastrar el bote hasta la orilla, el rumor de las olas. 

Reparad en que buena parte del poder de evocación de la obra radica en el encuadre, tan fotográfico. Los pintores de la época están desprendiéndose de la llamada “ventana renacentista” y optan cada vez más por composiciones audaces, que imitan el enfoque distraído de las instantáneas de carrete. Sorolla no solo anula cualquier referencia al horizonte -y eso, en una marina, es rompedor-, sino que corta la barca y concede todo el protagonismo al agua y la luz, al cabrilleo del sol en las olas, al brillo fugaz en la piel (oh, ese sublime punto de luz en el codo del niño que nos da la espalda). 

Y envolviendo la mancha clara del bote y de su reflejo, Sorolla pinta un mar fresco, profundo, de fondo rocoso. Reformula una especie de claroscuro barroco. Algunos colores se aplican directamente del bote, casi sin mezclar, sin veladuras, sin el aspecto pulido, de obra acabada, que perseguía el arte de la pintura desde quién sabe cuántos siglos. El paradigma ha cambiado y los pintores del siglo XX ya no disimulan la factura del cuadro; al contrario, dejan bien patentes las huellas de su ejecución. Sí, el mundo ha cambiado, la aparición de la fotografía ha conmocionado el mundo del arte y ha invalidado la carrera en pos de la mímesis perfecta.

La maestría de Sorolla a la hora de plasmar los efectos lumínicos es abrumadora, y aun más sobre las siempre complicadas superficies blancas. Solo un virtuoso puede firmar una obra como Cosiendo la vela, de 1896.  

Y no solo eso: los artistas están hartos de pintar episodios bíblicos y escenas históricas y mitológicas o de inventarse solemnes alegorías para ser tenidos en cuenta. Y están aburridos de la Academia, que dicta la jerarquía de los géneros y dictamina que las estampas cotidianas y los paisajes son arte menor. 

Sorolla confía en su intuición y triunfa. Pertenece a ese privilegiado grupo de los artistas felices, esos que no necesitaron atormentarse para crear y que exprimieron la vida hasta escupir el hueso. “Pintar y amarte: es todo lo que necesito”, le escribe a su mujer. Es de los nuestros, se nutre de luz, conoce el gozo, nació en el Mediterráneo. 

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